Buscar en este blog

martes, 25 de diciembre de 2012

Manzanas (2 de 2)

A partir del hecho de que las manzanas son el mueble principal de mis propias armas, ayer recorrimos algunos de los simbolismos de la manzana en la tradición judeo-cristiana. 



Llegamos así a la tradición navideña del árbol adornado con manzanas. Retomamos hoy esta cuestión. 



Como sabemos, el árbol es uno de los símbolos más universales:  prácticamente aparece en todos los pueblos y culturas expresando —entre otros significados—  la vida inagotable que vence a la muerte,  el vínculo entre lo subterráneo, lo terrestre y lo celestial,  el “eje del mundo”, la fuente por excelencia de vida,  de salud,  de refugio y de alimento... 

También en la Sagrada Escritura aparecen innumerables árboles expresando los mismos significados o acompañando acontecimientos significativos de la historia del Pueblo de Dios.  Ante todo,  «el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gen 2, 9), cuyas características y  propiedades  todos conocemos, acaparan la atención de la iconografía y de la Liturgia, sobre todo por contraposición con la Cruz de Cristo, que es vista también como un árbol.  Ayer nos referimos a ello.




En el libro del profeta Ezequiel se alaba al "cedro del Líbano" con estas hermosas palabras: 

"¿A quién te asemejaste por tu grandeza?  A un ciprés, a un cedro del Líbano, de hermoso ramaje, de follaje tupido, de altura tan elevada que su copa emerge entre las nubes. Las aguas lo hicieron crecer y el océano subterráneo lo elevó, haciendo correr sus ríos en torno del lugar donde estaba plantado, y enviando sus canales a todos los árboles del campo. Por eso superó en altura a todos los árboles del campo; su ramaje se hizo frondoso y se alargaron sus ramas, regadas por las aguas caudalosas, cuando él echaba sus brotes.  En su ramaje anidaban todos los pájaros del cielo; bajo sus ramas tenían cría todas las bestias del campo, y a su sombre se albergaban todas las grandes naciones.  Era hermoso por su grandeza, por la envergadura de su copa, porque sus raíces se hundían en las aguas caudalosas. Ningún cedro en el Jardín de Dios podía hacerle sombre; no había entre los cipreses ramas semejantes a las suyas, y ninguno de los plátanos era comparable a su ramaje. Ningún árbol en el Jardín de Dios se le asemejaba en hermosura. Yo lo había embellecido con abundantes ramas, y lo envidiaban todos los árboles del Edén que están en el Jardín de Dios. (...)  ¿A quién te asemejabas en gloria y en grandeza, entre los árboles de Edén?" (Ez 31, 2-9. 18)

En el Libro del Apocalipsis se retoma la imagen del "árbol de la vida": "El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias: 'Al vencedor, le daré de comer del árbol de la vida, que se encuentra en el Paraíso de Dios'" (Apoc 2, 7). 



Y más adelante: "¡Felices los que lavan sus vestiduras para tener derecho a participar del árbol de la vida y a entrar por las puertas de la Ciudad! (...)  Yo, Jesús, (...) soy el Retoño de David y su descendencia, la Estrella radiante. (...)  Yo advierto a todos los que escuchan las palabras proféticas de este Libro:  (...) ' Al que atreva a quitar alguna palabra de este Libro profético, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la Ciudad santa, que se describen en este Libro' " (Apoc 22, 14ss).  (Al pensar en nuestro Árbol de Navidad, no  hay  que pasar por alto la expresión "Estrella radiante").

Sin embargo, sabemos que el Árbol de Navidad originariamente es un símbolo pagano, procedente de los mitos germánicos, que reúne ese múltiple significado que evocamos más arriba.  

Pero el Directorio sobre Piedad Popular y Liturgia (n. 109) nos dice: 
"Independientemente de su origen histórico, el árbol de Navidad es hoy un signo fuertemente evocador, bastante extendido en los ambientes cristianos; evoca tanto el árbol de la vida, plantado en el jardín del Edén (cf. Gen 2,9), como el árbol de la cruz, y adquiere así un significado cristológico: Cristo es el verdadero árbol de la vida, nacido de nuestro linaje, de la tierra virgen Santa María, árbol siempre verde,  fecundo en frutos
           
Lucas Cranach el Viejo: "La Virgen y el Niño bajo el manzano"
(siglo XVI)

El adorno cristiano del árbol, según los evangelizadores de los países nórdicos, consta de manzanas y dulces que cuelgan de sus ramos. Se pueden añadir otros "dones"; sin embargo, entre los regalos colocados bajo el árbol de Navidad no deberían faltar los regalos para los pobres: ellos forman parte de toda familia cristiana"  (los resaltados son nuestros).

En 1998, el Beato Juan Pablo II, agradeciendo el regalo de un gran árbol de Navidad para la Plaza de San Pedro, dijo: 
"Al igual que los árboles, también los hombres necesitan raíces profundas, pues sólo quien está profundamente arraigado en una tierra fértil puede permanecer firme. Puede extenderse por la superficie, para tomar la luz del sol y al mismo tiempo resistir al viento, que lo sacude. Por el contrario, la existencia de quien cree que puede renunciar a esta base queda siempre en el aire, por tener raíces poco profundas. 
La Sagrada Escritura cita el fundamento sobre el que debemos enraizar nuestra vida para poder permanecer firmes. El apóstol San Pablo nos da un buen consejo: estad bien arraigados y fundados en Jesucristo, firmes en la fe, como se os ha enseñado (cf. Col 2, 7).

El árbol colocado en la Plaza de San Pedro orienta mi pensamiento también en otra dirección: lo habéis puesto cerca del belén y lo habéis adornado. ¿No impulsa a pensar en el paraíso, en el árbol de la vida y también en el árbol del conocimiento del bien y del mal? Con el nacimiento del Hijo de Dios comenzó una nueva creación. El primer Adán quiso ser como Dios y comió del árbol del conocimiento. Jesucristo, el nuevo Adán, era Dios; a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango y tomo la condición de esclavo, pasando por uno de tantos (cf. Flp 2, 6 ss): desde el nacimiento hasta la muerte, desde el pesebre hasta la cruz. El árbol del paraíso trajo la muerte; del árbol de la cruz surgió la vida. Así pues, el árbol está cerca del belén e indica precisamente la cruz, el árbol de la vida"               (los resaltados son nuestros).


Hoy es Navidad.   Si nuestro “arbolito” asume estas características,  es decir, si  identificamos el pino navideño con el “cedro del Líbano” elogiado por la Escritura;   si lo liberamos de los bastones de caramelo y los hombrecillos de jengibre (cosas que jamás hemos visto en la vida real)  y si le quitamos la nieve (impropia en nuestro agobiante  diciembre canicular);  si en cambio lo adornamos con “manzanas” o con adornos que las representen; si recordamos que esos adornos a su vez simbolizan los frutos "de gloria y de riqueza" (Ecli 24, 17) que brotan del árbol de la cruz; y  finalmente,  si además lo ubicamos junto al pesebre en que nace el Redentor del mundo, ¡descubriremos que el arbolito es un símbolo maravilloso de nuestra fe!



Mirando al Árbol de Navidad en estas fiestas, podremos decir de él las palabras de la Liturgia: 

"¡Árbol precioso! 
¡Ningún bosque dio nunca otro árbol igual 
en hojas, flores y frutos".

Pacino di Bonaguida, "Árbol de la Cruz" (siglo XIV)
(Florencia)

En efecto, el fruto de Adán era apetitoso pero lo separó de Dios;  a nosotros el fruto que cuelga del árbol de la Cruz  no nos resulta apetitoso ("lo vimos sin aspecto atrayente") pero nos lleva de vuelta hacia Dios a través de su Hijo. Cristo, "alimento  y medicina", se nos presenta como remedio para el pecado, como antídoto contra las picaduras de la serpiente; por eso la Navidad es la aurora de la salvación. 

Partiendo de mis propias armas, hemos recorrido el significado simbólico del manzano y de las manzanas en la tradición cristiana. Termino como empecé, mostrando mi escudo... 


y añado un cordial saludo: 

¡Feliz Navidad a todos los lectores!

No hay comentarios:

Publicar un comentario