Hace trece años compartimos este magistral artículo de Gilbert K. Chesterton, publicado en la antología "Ensayos" de Editorial Porrúa, de México. Lo hicimos mediante fotografías de las páginas del libro. Ahora volvemos a publicarlo, en formato de texto, intercalando algunas imágenes de escudos argentinos que exhiben leones en sus campos. Mañana se cumplen 90 años de la muerte de Chesterton.
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Escudo de San Marcos Sud (Córdoba) |
EL LEÓN
HERÁLDICO
Sir Thomas Browne fue, como todos
saben, un médico. Un tipo de médico algo extraño que en muchos aspectos
contrasta singularmente con los doctores de hoy día. Por ejemplo, escribió una
obra elocuente y detallada sobre el entierro en urnas, los cementerios y la muerte
en general, tema que en la actualidad los médicos procuran eludir. Pero en nada
es tan permanentemente interesante como en sus relaciones con la notable
zoología de su tiempo. Su magnífica retórica religiosa y toda su dimensión
literaria son evidentemente inmortales. Nunca se ha dicho sobre el alma nada
mejor que esa frase de Browne que la define como lo que hay en el hombre «que
no debe rendir homenaje al sol». Pero es necesaria una defensa más delicada de
su ciencia original y, en verdad, de toda la ciencia medie val de la que tomó
sus ideas. Sabemos que su teología era cierta. Sabemos que su zoología era
incierta, pero no nos apresuremos a dar por supuesto que, en consecuencia,
carecía de importancia. Esta vieja y fantástica ciencia ha sido por lo general
mal comprendida. Ha hecho de cada criatura un símbolo más que un hecho, pero ha
creído que todos los hechos materiales eran valiosos como símbolos de hechos
espirituales. En realidad, no le importaba mucho si el león era un animal noble
que no hacía daño a las vírgenes. Lo que deseaba dejar en claro era que si el
león es un animal noble no puede hacer daño a las vírgenes.
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Escudo de Carmen de Patagones (Buenos Aires) |
Permítaseme citar
este ejemplo de lo que quiero decir. Toda persona moderna inteligente puede ver
fácilmente que el león heráldico es muy distinto del león real. Pero lo que
nosotros, los modernos, no comprendemos bien es lo siguiente: el león heráldico
es mucho más importante que el león real. No encuentro palabras para expresar
la absoluta carencia de importancia del león real. El león real es una especie
de gato grande y peludo que da la casualidad que vive (o más bien muere) en
desiertos inútiles que nunca hemos visto ni deseamos ver, un animal que jamás
nos ha hecho bien alguno y que, dadas nuestras circunstancias, tampoco nos
puede hacer ningún mal; algo tan trivial para todos nuestros propósitos como
los peces de lo más profundo del mar o los minerales de la luna. No hay razón
terrenal alguna para suponer que posee ninguna de las esas cualidades leoninas
tal y como nosotros solemos entenderlas. No hay motivo alguno para imaginarse
que es generoso o heroico y ni siquiera orgulloso. Algunas personas que han
luchado con él dicen que ni siquiera es valiente. No afecta a la vida humana en
aspecto alguno. No se puede hacer de él un peón, como se puede hacer con el
buey; no se puede hacer de él un deportista y un caballero, como se puede hacer
con el perro. No puede compartir nuestras herramientas ni nuestros placeres; no
se puede uncir un león a un arado ni cazar un elefante con una jauría de
leones. No tiene nada que pueda interesar al hombre, y ni siquiera sirve para
comérselo. Desde su melena sarnosa y sobreestimada hasta la punta de su cola
(con la que, según tengo entendido, se golpea para sobreponerse a su cobardía
natural), de la melena a la cola, iba diciendo, es una mole de nimiedad. Es,
simplemente, un gato extraviado que ha crecido en exceso. Y es un gato
extraviado que nunca aparece por nuestras calles. Vive su existencia trivial en
regiones que ningún hombre blanco puede habitar sin enloquecer a causa del
calor y la monotonía. Tenemos que ponerlo en nuestros museos y lugares
semejantes como tenemos que poner trocitos minúsculos de piedra gris de modo
que parezca que las podríamos recoger en la calle o exhibir escarabajos pardos
de aspecto doméstico que no podría mirar dos veces ningún niño que se precie.
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Escudo del cardenal argentino Jorge Mejía (1923-2014) |
Pero el único león que tiene alguna importancia práctica terrenal es el león
legendario. Es realmente útil tenerlo al alcance. Sostiene el escudo de
Inglaterra, que de otro modo se caería a pesar de los esfuerzos bien
intencionados del unicornio, cuyos cascos son deficientes en cuanto a su
capacidad prensil. El león africano no le interesa a nadie, pero el león
británico, aunque no exista, importa. Significa algo; es el único verdadero
objeto existente que significa algo; y el león africano real nunca ha
conseguido significar nada. El león legendario, el león hecho por el hombre y
no por la naturaleza, es ciertamente el rey de los animales. Es una gran obra
de arte, una gran creación del genio humano como la catedral de Ruán o la Ilíada.
Conocemos su carácter a la perfección, como conocemos el carácter del señor
Micawber o el de otras muchas personas que no se han tomado la molestia de
existir de una manera meramente material. Sus virtudes son las virtudes de un
gran caballero europeo; nada hay de africano en su ética. Posee el sentido de
la santidad y la dignidad de la muerte que acompañan a tantos de nuestros
antiguos ritos. No toca a los muertos. Tiene ese extraño culto de una castidad
brillante y orgullosa que es el alma de nuestra Europa y se halla en Diana, en
las Vírgenes Mártires o en Britomart, que dejó una blanca estrella solitaria en
las tormentas sensuales del drama isabelino y hoy reconquista el mundo bajo su
nueva forma: el culto de los niños. El león no hace daño a las vírgenes. En
gran número de leyendas y poemas antiguos se encontrará la descripción de la
negativa de algún león eminente a tocar a alguna joven dama eminente. Algunos
dicen que ese sentido de la delicadeza es mutuo, y que esas mismas damas
jóvenes también se niegan a tocar a los leones. Puede ser cierto, pero aun
siendo así sólo tendría validez, probablemente, para el león inferior o real,
para el simple león del África, animal despreciable al que ya hemos enviado a
pasear por sus desiertos, desiertos tan inútiles que constituyen el basurero
del universo. Hemos convenido en que el león valioso es una criatura creada
enteramente por el hombre, lo mismo que el hipogrifo y la quimera, la sirena y
el centauro, el gigante de cien ojos y el gigante de cien manos. El león que
aparece a un lado del escudo real es tan fabuloso como el unicornio que aparece
al otro lado. En la medida en que no es meramente fantástico e imposible, reúne
todas las buenas cualidades de una especie de caballero rural supercelestial.
Me temo que el león heráldico esté desapareciendo de nuestros escudos de armas.
Sin embargo, todavía ondea valientemente en ciertos lugares de entretenimiento
donde se han refugiado tantas de las tradiciones mejores de nuestra vieja
civilización. Si veis al león rojo, que debería estar en el escudo de un
caballero, pintado solamente en la muestra de una pomada, recordad todas las
grandes verdades que habéis leído en este artículo; recordad que ese león
heráldico de la muestra es el símbolo de todo lo que nuestra civilización
cristiana ha elevado a la categoría de vida, energía y honor: la magnanimidad,
el valor, el desdén por las victorias fáciles, el desprecio por todos los que
desprecian a los débiles.
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| Escudo de la Escuela de Suboficiales de la Armada |
Quizá en este artículo nos hemos extendido demasiado hablando del león. Podrían citarse otros muchos ejemplos. El leopardo heráldico no deja de tener sus méritos. Los hombres de cabeza de perro del África son enormemente interesantes. Y tampoco debemos olvidar aquella memorable descripción del hipopótamo —«medio hombre y medio caballo»— debida a Jean de Mandeville. Esto es lo que podría llamarse un bosquejo impresionista o simbolista de un animal: evita los detalles enfadosos y ofrece a cambio una sensación de volumen y atmósfera. He visto con frecuencia al hipopótamo en su jaula de los Jardines Zoológicos y me he preguntado qué parte de su aspecto o fisonomía impresionó al incisivo Mandeville como propia de alguna persona humana conocida. ¿Había visto una clase de hipopótamos muy humana o se había mezclado con alguna clase de hombres hipopotámica? Pero las observaciones generales que he hecho acerca del león medieval, del león heráldico, tienen igualmente validez para todas esas otras monstruosidades o combinaciones medievales. Todas eran ficticias. Todas eran enteramente diferentes e independientes del animal vivo que teóricamente les había servido de modelo. Quienes escribieron sobre ellos, hablaron de ellos y discutieron con gravedad sus atributos físicos, mentales y morales, sentían en el fondo de sus corazones y sus mentes una absoluta indiferencia hacia si existían o no en realidad. La Edad Media rebosaba lógica. Y la lógica, en sus ejemplos y símbolos, es por naturaleza enteramente indiferente a la realidad. Es tan fácil ser lógico con respecto a las cosas que no existen como con respecto a las cosas que existen. Si dos veces tres son seis, es cierto que tres hombres con dos piernas cada uno tendrán seis piernas entre todos. Y si dos veces tres son seis, es igual mente cierto que tres hombres con dos cabezas cada uno tendrán seis cabezas entre todos. Que nunca haya habido tres hombres con dos cabezas cada uno no invalida la lógica lo más mínimo. Hace la deducción imposible, pero no la hace ilógica. Dos veces tres siguen siendo seis, ya se lo reconozca en los cerdos o en los dragones llameantes, ya se lo reconozca en las cosas humildes o en los castillos en el aire. Y el objeto de toda esa gran ciencia medieval y renacentista era sencillamente encontrar en todas partes, cualesquiera que fueran, ejemplos de su filosofía. Si el hipopótamo ilustraba la idea de justicia, enhorabuena; si no la ilustraba, tanto peor para el hipopótamo. Esos antiguos trataban de hacer de los animales sólo un símbolo del hombre. Algunos modernos tratan de hacer del hombre sólo un símbolo de los animales. Esos científicos antiguos sólo se interesaban por el lado humano de los animales. Algunos de los científicos modernos sólo se interesan por el lado animal de los hombres. En vez de hacer del mono y del tigre meros accesorios del hombre, hacen del hombre un mero accesorio, una mera idea tardía del mono y el tigre. En vez de emplear al hipopótamo para ilustrar su filosofía, emplean al hipopótamo para hacer su filosofía, y ruego a Dios que ni ustedes ni yo leamos nunca los grandes libros enjundiosos que escriba el hipopótamo.