Publicamos hoy la nota titulada "Una equivocada atribución heráldica", de Isidoro Ruiz Moreno, aparecida en el número 163 del Boletín del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, edición que correspondía a los meses de julio/agosto de 1989.
Se refiere a los escudos atribuidos a los Larrain (siempre aparece sin tilde en la nota), linaje chileno vinculado con la Argentina, al que nos referimos en nuestra entrada del 8 de septiembre de 2022. Las imágenes son las del artículo original.
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"Una equivocada atribución heráldica"
por Isidoro Ruiz Moreno
Como es sabido, los Reyes de Armas de España -funcionarios
oficiales de la Corona- tienen facultades para atribuir blasones. En algunos casos
se limitan a certificar los existentes, y en otros a componer nuevos escudos,
siendo igualmente legítimo el uso de unos y otros. Esto trae como conclusión
que podría darse el caso que una misma familia poseyera válidamente dos y hasta
más emblemas propios: ello, cuando a las armas tradicionales se sumen otras
concedidas tiempo después.
Expuesta la noción general, resulta interesante considerar, no ya un acomodamiento a nuevas atribuciones, sino simplemente reiteradas equivocaciones respecto al escudo de un apellido determinado. El caso corresponde a los Larrain, de ilustre prosapia chilena, y vale como ejemplo para otras situaciones similares, que no escasean.
Lo relató uno de sus miembros, el distinguido historiador don Carlos Larrain de Castro, y considero que merece difundirse para conocimiento de quienes no poseen la obra que lo difunde, editada en el vecino Estado hace cerca de una década, de escasa o nula divulgación en nuestro país.
Resulta que en 1706 don Santiago de Larrain y Vicuña, fundador de su estirpe en Chile, decidió ingresar a la Orden de Santiago, entre cuyos requisitos estaba la probanza de blasones. Estos últimos debían lucirse en el solar del pretendiente, y aquí comienza la cuestión. El antiguo "palacio" de la familia ostentaba las armas propias, pero hacia 1532 ya estaba en ruinas y pasó por matrimonio a la casa de Lodosa. Los Larrain construyeron otra residencia en la localidad de Aranaz, y era ésta la existente para la época del empeño de don Santiago, con la particularidad de que por entonces carecía de escudo, si es que alguna vez lo había lucido.
Para obviar el inconveniente -pues un par de informantes de la Orden inspeccionaría el lugar para comprobar aquella condición- se apeló a un recurso simple: se trajo previamente otro escudo de una morada próxima, perteneciente a don Fermín de Vicuña, primo de don Santiago de Larrain. Preciso es destacar que éste era hijo de doña Gracia de Vicuña y Araníbar.
Así es que cuando los comisionados santiaguistas se constituyeron en Aranaz, dieron fe que la casa solar de Larrain ostentaba armas. Los testigos de la comarca declararon a su turno respecto del blasón: "que es el que don Santiago de Larrain puso en su casa natal", "que es el que don Santiago de Larrain mandó poner en su casa". El problema es que tal emblema no correspondía al apellido... No obstante, el pretendiente cumplió formalmente con la probanza requerida y logró el hábito deseado en 1712. Los comisarios de Santiago habían atestiguado existir un escudo en piedra labrada en el frontis de la casona de Aranaz, con dos cuarteles: "el de la mano derecha tiene dos castillos y dos lobos en las cuatro esquinas; y al lado izquierdo tiene una encina o roble, y al lado tiene una flor de lis a cada parte". Tal la chapucera y errónea descripción de los enviados por la Orden:
Por cierto, el escudo no correspondía a Larrain, sino a los Aranibar, linaje de la abuela materna del pretendiente, en el cuartel primero con el árbol (encina o roble) flanqueado por sendas lises; en cuanto al segundo, se trataba simplemente del escudo real de Castilla y León (¡"lobos"!), como emblema -enseña el señor Larrain Castro- "que muchas familias navarras agregaron a sus propias armas en los tiempos de las luchas agramonteses y de la unificación, para manifestar ostensiblemente su adhesión a los monarcas castellanos".
Corrieron algunos años, cuando un sobrino-nieto de don Santiago, el canónigo chileno don Vicente de Larrain, obtuvo durante un viaje a Madrid que el Rey de Armas don Juan Félix de Rújula le expidiera, en 1803, la certificación de su blasón. En esta oportunidad dicho funcionario no copió meramente el equivocado escudo de los Aranibar adosado al de Castilla y León, sino que interpretó su imagen... El resultado fue catastrófico en lo que hace al segundo campo: eliminando el cuartelado, puso dos torres surmontadas por otros tantos osos (!), colocando un par más debajo. Véase el dibujo incorporado a la ejecutoria que pretendía “ilustrar":
Para mayor confusión, el sucesor de aquel Rey de Armas, que lo fue don Félix de Rújula (para peor, alguien bien próximo a su antecesor en el cargo), emitió en 1912 otra ejecutoria de nobleza que contenía un escudo de los Larrain completamente distinto. No había transcurrido más de un siglo cuando, sin siguiera la consulta al propio archivo de su Casa y Oficina, este nuevo funcionario dictaminó que las armas de los Larrain se componían así: "en campo de gules, una faja de plata, acompañada de dos calderas de oro, una en jefe y otra en punta; bordura de gules cargada con ocho aspas de oro". Para llegar a esta extraña conclusión, el nuevo Rey de Armas se basó en la clásica obra de Argote de Molina, Nobleza de Andalucía (publicada en 1588), a quien habían seguido -y Rújula los cita expresamente- Argamasilla de la Cerda, Lozano, Salazar (Miguel), y Villa:
La atribución de Argote de Molina provenía de que así se lucía en la residencia de don Felipe de Larrain en Navarra. Empero, todo se aclara si se tiene en cuenta que se trataba del escudo de su madre, doña María de Azcona, bien que fueran alteradas o brisadas sus piezas originales: "dos calderas atravesadas de tres fajas de oro, y dos cabezas de sierpes en las asas”.
Quien puso las cosas en su lugar correcto fue el propio autor del libro titulado La familia Larrain, publicado póstumamente (1982) por la Academia Chilena de la Historia, obra esclarecedora y espléndidamente editada en la imprenta de la Universidad de Santiago -algo difícil de imaginar en nuestro país- debida al citado caballero don Carlos Larrain y Castro, miembro de la Academia.
El señor Larrain Castro estableció que tanto en el primitivo palacio de su estirpe, "cabo de armería", como en el enterratorio de la iglesia cercana, se había estampado -esculpido y pintado- el escudo propio del apellido que en 1532 describieron tres ancianos en el pleito de hidalguía promovido por don Gil de Larrain. Según sus manifestaciones, "las armas e insignias del dicho palacio son dos águilas sin diferencia alguna", “dos águilas", "ciertas águilas, no sabe cuántas, en campo de argento, sin diferencia alguna":
Consultado el eminente heraldista vasco don Juan Carlos de Guerra en 1932, éste expuso en carta al señor Larrain Castro: "la adopción de las águilas se debió probablemente a la necesidad de distinguirse de los escudos de Ezcurra, Jaurrieta, Liedema, Echepare, Boneta, Cascante y Lizoain, que habían agotado en Navarra el timbre de águila singular". Merece destacarse el hecho de que las armas familiares eran entonces adoptadas libremente por quienes las usaban.
Así se llegó a establecer, mediante un ponderable empeño por
conocer la verdad, la auténtica representación de un ilustre apellido,
distinguido en el vecino país, al cual perteneció por matrimonio nuestro prócer
el general don Juan de Gregorio de las Heras.
Y paralelamente, surge la evidencia de que es menester tomar con cierta prudencia algunas manifestaciones repetidas por comodidad, sin que prevalezca tampoco un malsano espíritu iconoclasta que desmerezca todo lo elaborado antaño. La ciencia histórica tiene su propio método de comprobaciones, y el caso reseñado es una muestra de su aplicación rigurosa.

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