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sábado, 4 de abril de 2020

REBLOG: Manzanas

En dos entradas consecutivas,  los días 24 de diciembre y 25 de diciembre de 2012, nos ocupamos extensamente del simbolismo de las manzanas, elemento principal de mi propio escudo de armas.


Diseño de mi amigo
Agustín Esperón

En este sábado inmediatamente anterior a Semana Santa, es muy apropiado releer aquellas entradas. 

Pero también proporciono aquí una síntesis del contenido de ambas:

Además de ser mi apellido, “pomar” es un sustantivo común que puede encontrarse casi en cualquier diccionario;  en el de la Real Academia (on line) es definido como  “sitio, lugar o huerta donde hay árboles frutales, especialmente manzanos”.


Por ello, cuando uno busca escudos vinculados con el apellido Pomar, o que incluyan esa palabra,  invariablemente encuentra manzanas o manzanos.  

Entre ellos, por ejemplo,  el diseño más clásico y difundido (en el que me basé en 2011 para confeccionar mis propias armas) corresponde a los escudos que tienen cinco manzanas de gules puestas en sotuer sobre campo de oro 


Otros escudos que cambian el esmalte de las manzanas a sinople; otros, en vez de manzanas sueltas, contienen ramas frutadas de manzano, o bien un  manzano.

Pero el objetivo de esta entrada es   reflexionar acerca del simbolismo  de la manzana en estos escudos y, por ello mismo, en mis propias armas.



El “Diccionario de símbolos” de Juan Eduardo Cirlot (Ediciones Siruela, 1997) nos dice en el artículo manzana:

Como forma casi esférica, significa una totalidad. Es símbolo de los deseos terrestres, de su desencadenamiento.  La prohibición de comer la manzana venía por eso de la voz suprema, que se opone  a la exaltación de los deseos materiales.  El intelecto, la sed de conocimiento es —como sabía Nietzsche— una zona sólo intermedia entre la de los deseos terrestres y la de la pura y verdadera espiritualidad.

Al leer esto, automáticamente el pensamiento se dirige a la famosa escena bíblica en que Eva primero, y luego Adán, comen del fruto prohibido… pero la Biblia en ningún momento nos habla de una manzana...  

Dice el texto bíblico:

Lucas Cranach el Viejo: "Adán y Eva"
(siglo XVI)

La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho, y dijo a la mujer: «¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del jardín?».

La mujer le respondió: «Podemos comer los frutos de todos los árboles del jardín. Pero respecto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho:  “No coman de él ni lo toquen, porque de lo contrario quedarán sujetos a la muerte”».


Lucas Cranach el Viejo: "El árbol del conocimiento"
(siglo XVI)

La serpiente dijo a la mujer: «No, no morirán.  Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal».
Alberto Durero: "Adán y Eva"
(siglo XVI)

Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento, tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió.

Entonces se abrieron los ojos de los dos y descubrieron que estaban desnudos. Por eso se hicieron unos taparrabos, entretejiendo hojas de higuera.

Tampoco en los otros versículos en que aparece el fruto del árbol prohibido se dice que este fuera un manzano. Pregunta Dios: “«¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?»Y  el hombre responde:  «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí»” (Gén 3, 11-12). El Señor anuncia luego el castigo del hombre “por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer” (Gén 3, 17).
Lucas Cranach el Viejo: "Adán y Eva" 
(siglo XVI)
Como vemos, no se dice  en ningún momento que el fruto fuera una manzana.  

Cuando estaba en Tercer Grado,  en 1969, la  maestra nos mandó dibujar la escena y nos exigió que la fruta fuera azul —color que ninguna fruta real posee— para indicar claramente que no se trataba de una manzana ni de ninguna otra fruta verdadera. (En 1969 no sabíamos de la existencia de los "blueberries").


Relieve en la Basílica de San Pablo Extramuros

¿Por qué se interpretó que la fruta del Génesis era una manzana? ¿Por qué, en consecuencia, la manzana quedó ligada para siempre,  sin culpa de su parte, al pecado y a la tentación? Los expertos nos dicen que se trata de un error de traducción, nacido de confundir  malus (‘manzana’) con malum (‘mal’). O sea: como Adán y Eva comieron el fruto prohibido, por eso el mal (malum), lo malo, el pecado, fueron asociados a  la manzana (malus, malum, del griego melon).    El  nombre científico del manzano  es Malus domestica,  y su  antepasado silvestre   más  antiguo  (antiquísimo) se llama  Malus sieversii,  originario de Asia Central.

A este error de traducción se suma, quizás, “la dulzura atractiva de la manzana”,  como dice Hans Biederman en su “Diccionario de símbolos” (al que hemos accedido en Internet).



Ahora bien, cuando prestamos atención a “la dulzura atractiva de la manzana” vemos que no necesariamente la fruta está asociada con el mal; al contrario, en la tradición judía, por ejemplo,  aparece  como un fruto que provee de salud y vigor.   Del sitio  "Ser Judío" extraemos el párrafo que sigue, que intenta explicar la costumbre de comer manzanas con miel en Rosh Hashaná:

En cuanto a la elección de la manzana, se basa en una interpretación del versículo en el cual el patriarca Itzjac: "bendijo diciendo: –He aquí, el olor de mi hijo es como el olor del campo que el Eterno ha bendecido." (Bereshit / Génesis 27:27). Nuestros Sabios explicaron que el "olor del campo" que provocó la bendición refiere a manzanas.

Por lo cual, al degustar manzanas en Rosh HaShaná estamos indicando nuestro deseo de que seamos bendecidos por nuestro Padre, tal como nuestro antepasado lo fuera.

También, en épocas talmúdicas se tenía la creencia de que la manzana posee propiedades excelentes para el metabolismo, por lo que comerla brinda energías y disposición saludable. (¿Recuerdan la costumbre común de regalarle a la maestra una manzana? ¿Por qué será?).

Por último, manzana en hebreo es tapuaj, que se asocia con la palabra vaipaj, utilizada en: "Y formó el Eterno Elokim al humano, polvo de la tierra. Y sopló (vaipak) en sus narices aliento de vida, y el humano llegó a ser un ser viviente." (Bereshit / Génesis 2:7); por lo que podemos vincular la manzana de cierto modo al acto de animar a la persona, de darle vida, un espíritu vigoroso".

El mismo sitio  explica que  “nuestros Sabios en el Talmud (…) indican tres posibles frutos para ser el antiguo árbol del conocimiento”

-la uva (“por eso con moderación y ordenadamente el vino es bendición, pero cuando se utiliza desequilibradamente es motivo de perdición”)

-el higo (porque Adán y Eva  “usaron hojas de higuera para cubrir sus intimidades ni bien probaron del fruto, lo que permite presumir que estaban junto a una higuera”);  o bien

-la cidra (también llamada citrón o "etrog"),  “que es uno de los cuatro frutos que usamos para bendecir en la festividad de Sucot, y que simboliza la armonía de conocimiento de Torá y práctica de buenas acciones (los preceptos); como dando a entender que aquel fruto que permitió la conciencia moral, es el que también habilita a cumplir cabal y voluntariamente con los preceptos del Eterno, sobreponiéndonos a nuestra poderosa inclinación a lo negativo”.



En la Biblia encontramos también ese significado “positivo” de la manzana en forma expresa.  Lo vemos en este fragmento del Cantar de los Cantares:

Como un manzano entre los árboles silvestres, es mi amado entre los jóvenes: yo me senté a su sombra tan deseada y su fruto es dulce a mi paladar. Él me hizo entrar en la bodega y enarboló sobre mí la insignia del Amor. Reconfórtenme con pasteles de pasa, reanímenme con manzanas, porque estoy enferma de amor  (Cant 2, 3-5).



En el libro “Los símbolos bíblicos” (Desclée de Brouwer, 1994), Maurice de Cocagnac dedica un apartado a “El manzano”.  Tras transcribir el texto que acabamos de leer (donde el manzano —dice— está unido “al mundo y a las cosas del amor”), el autor hace referencia a otro fragmento del mismo libro y afirma:  “Hacia el final del Cantar se encuentra un texto misterioso que ha conocido muchas interpretaciones. Con todo, cabe observar que el árbol proporciona un espacio propicio al amor y a la fecundidad. Ese amor es ardiente como el fuego, pero no es más que deseo:  es una llama de Yah, su carácter es sagrado”.    

En el fragmento aludido (Cant 8, 5-6) dice el Amado: 
Te desperté debajo del manzano, allí donde tu madre te dio a luz,
donde te dio a luz la que te engendró.  
 Y la  Amada responde: 
Grábame como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu lazo,
porque el Amor es fuerte como la Muerte,
inflexibles como el Abismo son los celos.
Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas del Señor 
Como vemos,  el manzano y su fruto ocupan un lugar importante en la tradición bíblica. Nos limitaremos a este ámbito, aunque la manzana y su simbolismo están muy presentes también fuera del mundo judeocristiano.

Otro significado "positivo" de la manzana está ligado -como contrafigura- a la imagen que nos es más familiar:  la manzana de Eva como símbolo del pecado.  A partir del paralelo entre Adán y Cristo que elabora San Pablo en la Carta a los Romanos y en la Primera Carta a los Corintios, los Padres de la Iglesia establecieron un paralelo análogo entre el árbol del Paraíso y la Cruz de Cristo, y lo mismo entre Eva y María.
Si por la falta de uno solo reinó la muerte, con mucha más razón, vivirán y reinarán por medio de un solo hombre, Jesucristo, aquellos que han recibido abundantemente la gracia y el don de la justicia. Por consiguiente, así como la falta de uno solo causó la condenación de todos, también el acto de justicia de uno solo producirá para todos los hombres la justificación que conduce a la Vida. Y de la misma manera que por la desobediencia de un solo hombre, todos se convirtieron en pecadores, también por la obediencia de uno solo, todos se convertirán en justos                                                                                 (Rom 5, 17-19).
Así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo (...) El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida. (...)  El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo. Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial.  De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial             (1 Cor 15, 22. 45ss).
Siguiendo el paralelismo,  el fruto del árbol del Paraíso (a cuyo lado está Eva) es el mal (la perdición, la condenación), mientras el fruto del árbol de la Cruz -junto a la cual, de pie, está la Virgen  María- es la salvación (la gracia, la gloria).


Veamos algunos ejemplos de estas dos  comparaciones.

El  Viernes Santo, durante la Adoración de la Cruz, así se le canta  al "árbol de la cruz", comparándolo  con el árbol del Edén:

Adoramos, Señor, tu Cruz;

alabamos y glorificamos tu santa Resurrección:
Porque gracias al árbol de la Cruz 
llegó la alegría al mundo entero (...)

Esta es la cruz de nuestra fe, 
el más noble de los árboles: 

ningún bosque produjo otro igual 
en ramas, flores y frutos. 
¡Árbol precioso, benditos clavos, 
que lleváis  tan dulce carga! (…)

El Creador tuvo compasión de Adán, nuestro padre pecador, 

que al comer el fruto prohibido se precipitó hacia la muerte; 

y para reparar los daños de ese árbol, Dios eligió el árbol de la cruz. 


¡Árbol precioso, benditos clavos, 

que lleváis  tan dulce carga!

En el plan de nuestra salvación, 

estaba previsto de antemano 

que los engaños del demonio 
fueran desbaratados por Dios, 
sacando el remedio de un árbol, 
así como vino de un árbol el mal.

Sobre el paralelo entre Eva y María, San Ireneo, en el siglo II, escribe: «Así  como Eva, esposa de Adán, pero virgen todavía, fue desobediente y por eso atrajo la muerte sobre sí y sobre todo el género humano, de igual modo María, desposada pero virgen, procuró por su obediencia la salvación para sí misma y para todo el género humano». «Lo que la virgen Eva ató por su incredulidad, la Virgen María lo desató por su fe».

Y San Ambrosio en el siglo IV dice: «¿Qué hiciste, demonio? ¿Escondiste el árbol para ser nuevamente vencido?   Te venció María que engendró al triunfador,la cual sin desmedro de su virginidad dio a luz a aquel que crucificado te vencería,  y muerto te sometería». «Por una mujer vino la necedad;  por una virgen, la sabiduría; la muerte, por un árbol; la vida, por la cruz».

Lucas Cranach el Viejo: "Madonna de Glogów" 
(siglo XVI)

La contraposición entre ambos árboles y ambas vírgenes se ve plásticamente representada en esta imagen: Eva -a la derecha-  ofrece el fruto de la perdición, brotado del árbol de la muerte, en cuyo tronco se afirma  la Serpiente y en cuya copa se ve una calavera;  María -a la izquierda- proporciona a los fieles  el fruto del árbol de la vida,  entre cuyas ramas surge la Cruz del Señor. 

Berthold Furtmeyer: "El árbol de la muerte y de la vida"
(siglo XV) 
Naturalmente, las analogías  Adán/Cristo,  Árbol/Cruz,  Eva/María permitieron  resignificar la manzana (o, genéricamente, el fruto del árbol).

El  arte  ha  interpretado plásticamente, de diversas maneras, esa resignificación.  Hemos visto algunos ejemplos a lo largo de esta entrada.  

Un lugar especial merece este  "Velo de Cuaresma" confeccionado por Misereor en 1982 para el continente africano. En él vemos a Cristo (representado de raza negra) clavado en un árbol del que surgen numerosos y variados frutos:

Jacques Chery: "Velo de Cuaresma"
(siglo XX)
Los frutos son recogidos y compartidos en una mesa fraternal (arriba a la derecha).

En ocasiones  se representa  a María con una manzana,  que simboliza ahora  la gracia salvadora que es el fruto de la redención de Cristo en el árbol de la Cruz.


Imagen de Nuestra Señora de Balvanera
en la iglesia homónima de Buenos Aires

Virgen con el Niño en la iglesia de Valvanera, Navarrete,  Rioja (España)
(se trata del "original" de la imagen anterior, 
con la grafía también original, "Valvanera")
Otras veces, es el Niño Jesús quien tiende su mano hacia una manzana, significando así que “asume sobre sí simbólicamente los pecados del mundo” (en palabras de Hans Biedermann, op. cit.).

Jacques Blanchard: 
"La Virgen con el Niño Jesús,  y Santa Ana ofreciendo una manzana"
(siglo XVII)
Y — según el mismo autor— “las manzanas en el Árbol de Navidad pueden interpretarse análogamente como alusión al retorno al paraíso que se hizo posible mediante el nacimiento de Cristo”.

Porque el Árbol de Navidad, en sus orígenes, es una árbol cargado de manzanas. En el fondo es una "relectura" del árbol de la cruz, cargado de los frutos «de paz y de justicia» (Heb 12, 11)  a los que ahora sí podemos acceder, gracias a la Encarnación del Hijo de Dios.  Por eso, con el salmo 67, decimos en época navideña:  «La tierra ha dado su fruto: el Señor, nuestro Dios, nos bendice» (Sal 67, 7).

El árbol, en efecto,  es uno de los símbolos más universales:  prácticamente aparece en todos los pueblos y culturas expresando —entre otros significados—  la vida inagotable que vence a la muerte,  el vínculo entre lo subterráneo, lo terrestre y lo celestial,  el “eje del mundo”, la fuente por excelencia de vida,  de salud,  de refugio y de alimento... 

También en la Sagrada Escritura aparecen innumerables árboles expresando los mismos significados o acompañando acontecimientos significativos de la historia del Pueblo de Dios. 

Ante todo,  «el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gen 2, 9), cuyas características y  propiedades  todos conocemos, acaparan la atención de la iconografía y de la Liturgia, sobre todo por contraposición con la Cruz de Cristo, que es vista también como un árbol, como vimos arriba.

En el libro del profeta Ezequiel se alaba al "cedro del Líbano" con estas hermosas palabras: 
¿A quién te asemejaste por tu grandeza?  A un ciprés, a un cedro del Líbano, de hermoso ramaje, de follaje tupido, de altura tan elevada que su copa emerge entre las nubes. Las aguas lo hicieron crecer y el océano subterráneo lo elevó, haciendo correr sus ríos en torno del lugar donde estaba plantado, y enviando sus canales a todos los árboles del campo. Por eso superó en altura a todos los árboles del campo; su ramaje se hizo frondoso y se alargaron sus ramas, regadas por las aguas caudalosas, cuando él echaba sus brotes.  En su ramaje anidaban todos los pájaros del cielo; bajo sus ramas tenían cría todas las bestias del campo, y a su sombre se albergaban todas las grandes naciones.  Era hermoso por su grandeza, por la envergadura de su copa, porque sus raíces se hundían en las aguas caudalosas. Ningún cedro en el Jardín de Dios podía hacerle sombre; no había entre los cipreses ramas semejantes a las suyas, y ninguno de los plátanos era comparable a su ramaje. Ningún árbol en el Jardín de Dios se le asemejaba en hermosura. Yo lo había embellecido con abundantes ramas, y lo envidiaban todos los árboles del Edén que están en el Jardín de Dios. (...)  ¿A quién te asemejabas en gloria y en grandeza, entre los árboles de Edén?  (Ez 31, 2-9. 18)
En el Libro del Apocalipsis  (Apoc 2, 7).  se retoma la imagen del "árbol de la vida":  
 «El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias: 
'Al vencedor, le daré de comer del árbol de la vida, que se encuentra en el Paraíso de Dios'»

Y más adelante: «¡Felices los que lavan sus vestiduras para tener derecho a participar del árbol de la vida y a entrar por las puertas de la Ciudad! (...)  Yo, Jesús, (...) soy el Retoño de David y su descendencia, la Estrella radiante. (...)  Yo advierto a todos los que escuchan las palabras proféticas de este Libro:  (...) ' Al que atreva a quitar alguna palabra de este Libro profético, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la Ciudad santa, que se describen en este Libro'» (Apoc 22, 14ss).  

Sabemos que el Árbol de Navidad originariamente era un símbolo pagano, procedente de los mitos germánicos, que reúne ese múltiple significado que evocamos más arriba. Pero el Directorio sobre Piedad Popular y Liturgia (n. 109) nos dice: 
Independientemente de su origen histórico, el Árbol de Navidad es hoy un signo fuertemente evocador, bastante extendido en los ambientes cristianos; evoca tanto el árbol de la vida, plantado en el jardín del Edén (cf. Gen 2,9), como el árbol de la cruz, y adquiere así un significado cristológico: Cristo es el verdadero árbol de la vida, nacido de nuestro linaje, de la tierra virgen Santa María, árbol siempre verde,  fecundo en frutos
           
Lucas Cranach el Viejo: "La Virgen y el Niño bajo el manzano"
(siglo XVI)
El adorno cristiano del árbol, según los evangelizadores de los países nórdicos, consta de manzanas y dulces que cuelgan de sus ramos. Se pueden añadir otros "dones"; sin embargo, entre los regalos colocados bajo el Árbol de Navidad no deberían faltar los regalos para los pobres: ellos forman parte de toda familia cristiana  (los resaltados son nuestros).
En 1998, San Juan Pablo II, agradeciendo el regalo de un gran árbol de Navidad para la Plaza de San Pedro, dijo: 
Al igual que los árboles, también los hombres necesitan raíces profundas, pues sólo quien está profundamente arraigado en una tierra fértil puede permanecer firme. Puede extenderse por la superficie, para tomar la luz del sol y al mismo tiempo resistir al viento, que lo sacude. Por el contrario, la existencia de quien cree que puede renunciar a esta base queda siempre en el aire, por tener raíces poco profundas. 
La Sagrada Escritura cita el fundamento sobre el que debemos enraizar nuestra vida para poder permanecer firmes. El apóstol San Pablo nos da un buen consejo: estad bien arraigados y fundados en Jesucristo, firmes en la fe, como se os ha enseñado (cf. Col 2, 7).


El árbol colocado en la Plaza de San Pedro orienta mi pensamiento también en otra dirección: lo habéis puesto cerca del belén y lo habéis adornado. ¿No impulsa a pensar en el paraíso, en el árbol de la vida y también en el árbol del conocimiento del bien y del mal? Con el nacimiento del Hijo de Dios comenzó una nueva creación. El primer Adán quiso ser como Dios y comió del árbol del conocimiento. Jesucristo, el nuevo Adán, era Dios; a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango y tomo la condición de esclavo, pasando por uno de tantos (cf. Flp 2, 6 ss): desde el nacimiento hasta la muerte, desde el pesebre hasta la cruz. El árbol del paraíso trajo la muerte; del árbol de la cruz surgió la vida. Así pues, el árbol está cerca del belén e indica precisamente la cruz, el árbol de la vida            (los resaltados son nuestros).
El “cedro del Líbano” elogiado por la Escritura, liberado de los bastones de caramelo y de los hombrecillos de jengibre (cosas que jamás hemos visto en la vida real), liberado también de la nieve (impropia de nuestro agobiante diciembre), adornado con “manzanas” o con adornos que las representen, que a su vez simbolizan los frutos «de gloria y de riqueza» (Ecli 24, 17) que brotan del árbol de la cruz, y ubicado junto al pesebre en que nace el Redentor del mundo, ¡es un símbolo maravilloso de nuestra fe!

Como cantaremos en pocos días, en Semana Santa:


¡Árbol precioso! 
¡Ningún bosque dio nunca otro árbol igual 
en hojas, flores y frutos!


Pacino di Bonaguida, "Árbol de la Cruz" (siglo XIV)
(Florencia)
En efecto, el fruto de Adán era apetitoso pero lo separó de Dios;  a nosotros el fruto que cuelga del árbol de la Cruz  no nos resulta apetitoso («lo vimos sin aspecto atrayente», dice Isaías) pero nos lleva de vuelta hacia Dios a través de su Hijo. Cristo, "alimento  y medicina", se nos presenta como remedio para el pecado, como antídoto contra las picaduras de la serpiente.

Partiendo de mis propias armas, hemos recorrido el significado simbólico del manzano y de las manzanas en la tradición cristiana. Termino como empecé, mostrando mi escudo... 

2 comentarios:

  1. Mi abuela solía cantarme una canción popular española que dice:
    " - Señora Santa Ana ¿Por qué llora el Niño?
    - Por una manzana que se le ha perdido
    - Venga usted a mi casa. Yo le daré dos, una para el Niño y otra para vos"

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    1. ¡Mirá vos! No conocía la copla. ¡Muy interesante! Gracias

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