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jueves, 3 de diciembre de 2015

Escudo de San Francisco Javier

Hoy se celebra la fiesta litúrgica de San Francisco Javier, el gran misionero español. 

El futuro santo jesuita, hijo de los Señores de Javier, había nacido en el Castillo de Javier (Xabierko Gaztelua), en Navarra. Se trata de  un edificio del siglo X,  situado en una loma de la localidad de Javier, cerca de Sangüesa. Este es el escudo de los Señores de Javier y actualmente de la Villa homónima:


"Fajado de una faja jaquelada de oro y sable de ocho puntos, y el jefe de gules cargado de una creciente rambersado de plata sobrepuesto a otro mayor de oro y sable, la punta punta de plata . Bajo la faja un ceñidos de una sola fila de jaqueles de oro y sable y contrapuestos a los de la faja. Por timbre corona abierta". La versión y la descripción son de Wikipedia.

Pero aun no hemos expuesto cuál es la relación de Francisco Javier con nuestro país, que justifique la aparición de este escudo en este Blog de Heráldica en la Argentina.  


Muy sencillo: el escudo de la familia de San Francisco Javier  puede verse en la iglesia porteña  a él dedicada.  



El templo se encuentra sobre la calle Borges, en el barrio de Palermo, y tiene más de 100 años.




El escudo está en uno de los vitrales de la puerta que comunica el nártex del templo con la nave propiamente dicha.


Como puede verse, se dice expresamente que se trata del "Escudo de la flia. de Javier".


En el segundo campo puede reconocerse fácilmente cierta semejanza con el escudo de los Señores de Javier. Restaría conocer algo más acerca de los otros cuarteles.


Francisco era hijo de  Juan de Jaso y Atondo y de María de Azpilicueta y Aznárez.  Por ese lado dirigimos nuestra búsqueda y hallamos, en efecto, que el primer cuartel corresponde al linaje de los Jaso:



Esta segunda versión procede, como su descripción, del sitio Caballeros Andantes:


"De plata y el árbol terrazado de sinople, con un oso pasante de sable atravesado al tronco, que es de Jaso".

El tercer campo corresponde al apellido de su madre, Azpilicueta (puede leerse este apellido en la parte inferior de la  imagen que sigue):




La imagen que sigue (hallada en un sitio vinculado con el Arzobispado de Pamplona y Tudela) nos muestra los cuatro escudos;  el cuarto cuartel (que nos faltaba en nuestro recorrido) corresponde al linaje Atondo (segundo apellido del padre). 


En un sitio de los Misioneros Javieranos encontramos este escudo con el epígrafe "Escudo de la familia":




Mientras que la imagen que sigue, tomada del sitio del Diario de Navarra, tiene el epígrafe "Los escudos de Jaso-Atondo y Azpilicueta-Aznárez en la entrada del castillo":



El "escudo de la flia. de Javier" nos permitió hacer este interesante recorrido heráldico. Volvamos ahora a ver la hermosa imagen del vitral de la iglesia de San Francisco Javier en Buenos Aires:


Todas las fotos de ese vitral las tomé en marzo de 2014. En pocos días mostraré fotos del vitral contiguo.

1 comentario:

  1. ¡Excelente hallazgo el de este hermoso vitral! Y ¡que santazo, san Francisco Javier!

    A pesar de ser largo, te pongo las recomendaciones de San Ignacio de Loyola a San Francisco Javier, cuando lo despide en su partida al extremo Oriente. Son versos maravillosos que tienen un gran contenido espiritual y nos muestran el corazón apostólico católico de estos dos grandes santos:

    La excelsa pluma de José María Pemán, gran escritor español, describe el momento de la despedida de ambos en su obra “El divino impaciente":

    Dice FRANCISCO JAVIER
    (Arrodillándose ante el P. Ignacio)

    “Sólo quiero
    que me deis, por despedida,
    la bendición y el consejo”.

    Dice el Padre IGNACIO de Loyola

    Yo te bendigo, Javier:
    que Dios bendiga tus hechos.

    (Pausa. Alza los ojos un instante al cielo)

    A grandes empresas vas
    y no hay peligro más cierto
    que este de que, arrebatado
    por el afán del suceso,
    se te derrame por fuera
    lo que debes guardar dentro.

    La vida interior importa
    más que los actos externos;
    no hay obra que valga nada
    si no es del amor reflejo.
    La rosa quiere cogollo
    donde se agarren sus pétalos.

    Pídele a Dios cada día
    oprobios y menosprecios,
    que a la gloria, aun siendo gloria
    por Cristo, le tengo miedo.

    No te acuestes una noche
    sin tener algún momento
    meditación de la muerte
    y el juicio, que a lo que entiendo,
    dormir sobre la esperanza
    de estos hondos pensamientos
    importa más que tener
    por almohada, piedra o leño.

    Cada mañana tendrás
    con la Señora, algún tierno
    coloquio, donde le digas
    esos dolores secretos
    que a la Madre se le dicen
    de modo más desenvuelto
    que no al Padre, que por ser
    el Padre, da más respeto.

    Mézclame, de vez en cuando,
    en el trabajo requiebros
    y jaculatorias breves,
    que lo perfuman de incienso.

    Ni el rezo estorba al trabajo,
    ni el trabajo estorba al rezo.
    Trenzando juncos y mimbres
    se pueden labrar, a un tiempo,
    para la tierra un cestillo
    y un rosario para el cielo.

    Escríbeme, a menudo,
    tus andanzas y sucesos:
    ni los agrandes por vano,
    ni los calles por modesto;
    que de Dios serán las glorias
    y tuyos solos los yerros.

    (Con honda emoción, poniendo
    sus manos sobre la cabeza de Javier.)

    Piensa que ya en esta vida
    no volveremos a vernos.
    Te emplazo para la gloria,
    que para los dos la espero,
    por la bondad del Señor,
    que no por méritos nuestros.

    Mientras tanto, Javier mío,
    porque no nos separemos,
    llévame en tu corazón,
    que en mi corazón te llevo.


    José María Pemán

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