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viernes, 12 de septiembre de 2014

Escudo de monseñor César Cáneva

El año 1934 fue muy importante para la Iglesia en la Argentina: ante todo, por supuesto, por la celebración en Buenos Aires del XXXII Congreso Eucarístico Internacional, acontecimiento al que nos hemos referido en varias ocasiones y sobre el que pronto volveremos, siempre en su faceta heráldica, con ocasión de su cercano 80° aniversario.





También en 1934 tuvo lugar la beatificación de los mártires rioplatenses Roque González de Santa Cruz, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo, dispuesta por el papa Pío XI mediante la Carta Apostólica Dei viventis militum. También haremos -en noviembre- una referencia desde la Heráldica a este aniversario.

Ese mismo año -por medio de  la Bula Nobilis Argentinae nationis- tuvo lugar la creación de muchas diócesis en nuestro país y la elevación a arquidiócesis de algunas jurisdicciones ya existentes. Por supuesto, ello implicó la designación de varios nuevos obispos.  

Entre ellos se encuentra monseñor César Antonio Cáneva: una figura excepcional de la Iglesia en la Argentina,  quizás no debidamente recordada en la medida de sus méritos.

Nacido en Italia, vino siendo un niño a la Argentina; estudió en el Seminario Conciliar de Buenos Aires y en 1901 fue ordenado sacerdote. Tras cumplir otras funciones, en 1903 fue nombrado párroco de Azul.  Se encontraba ejerciendo este mismo cargo, cuando el 13 de septiembre de 1934 (mañana se cumplen 80 años) le llegó el nombramiento como primer Obispo de la nueva diócesis de Azul.  Recibió la consagración episcopal el 25 de febrero de 1935, acontecimiento que recuerda esta medalla, que exhibe su escudo episcopal:






Durante casi 19 años  -hasta su muerte, ocurrida en 1953-   gobernó con sabiduría y celo la diócesis azuleña. 

Su obra y su legado durante el medio siglo transcurrido en Azul fueron extraordinarios; narrarlos excedería los propósitos de este Blog. Sin embargo, ayuda a ponderarlos el texto de la lápida de monseñor Cáneva, en la que también se ve el escudo episcopal:




Los restos de monseñor Cáneva, según su expresa voluntad,  descansan en el Seminario que él mismo fundara en Azul: de allí la frase que se lee en su lápida:  "quiso descansar entre sus hijos mostrándoles su vida como ejemplo".



El escudo episcopal de este "obispo santo" viene así descripto en la Revista del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas (número 4/5, del año 1945, artículo del Pbro. Carlos Ruiz Santana):
Cortado-partido. 
Al primero de gules, el Corazón de Jesús con llamas, corona de espinas, cruz y rayos de oro.
Al segundo de azur, el altar del sacrificio, de plata, con llamas de oro, surmontado de una Hostia y la crucecita de sable.
Al tercero de oro, la rosa de gules, acompañada de una palma y de una vara de azucena en su color natural.
Terraza de sinople,  con la faja ondeada, de plata.
Mitra y báculo.
Lema: «Plenitudo Legis Dilectio» en  letras de oro.

Veamos ahora la versión que trae el libro "Obispos de la Argentina" de José Luis Batres:





Añadamos un detalle interesante: En un sitio de la Hemeroteca "Juan Miguel Oyhanarte", dedicada a la historia de Azul, se menciona que al asumir Cáneva como Obispo, "una de sus primeras medidas fue hacer pintar en su escudo el Callvú Leovú, en homenaje a esta tierra que tanto lo amara".  Porque “Azul” es la traducción al castellano del nombre que los indios  pampas daban al arroyo: "Callvú Leovú", "en referencia a flores (borraja morada) de dicho color que crecían en sus riberas", según leemos en Wikipedia. 

Un blog denominado precisamente con esa expresión indígena y dedicado también a la historia de la ciudad nos informa que el nombre le fue impuesto al curso de agua por "el poderoso cacique Calfucurá": "Arroyo Azul". En "la lengua pampa araucano (diccionario de J. M. de Rosas) Callvú significa Azul -- y Leovú río". 

Es decir que mientras podemos interpretar en términos estrictamente religiosos los otros símbolos, no hay dudas de que la "faja ondeada de plata" hace referencia a la geografía de la ciudad que recibió a monseñor Cáneva y a la que él entregó su vida durante 50 años. 





Una palabra final sobre el lema: "Plenitudo Legis Dilectio".  Significa "El amor es la plenitud de la ley" y está tomado de la Carta de San Pablo a los Romanos: "El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley"; "Dilectio proximo malum non operatur; plenitudo ergo legis est dilectio" (Rom 13, 10). 

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