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jueves, 27 de abril de 2017

"La Pirámide de la Patria" (2 de 2)

Ofrecemos la segunda y última parte del artículo de Miguel Ángel Scenna, "La Pirámide de la Patria", publicado en el número 10 de la revista "Todo es Historia", correspondiente a febrero de 1968.


En 1875 la Pirámide fue inocente víctima de una curiosa decisión, una de esas extrañas disposiciones cuyas causales se pierden en los sombríos vericuetos de toda burocracia, fuente inagotable de sorpresas. Decidieron cambiar las cuatro estatuas que rodeaban a la Pirámide. Aparentemente ya no gustaban el Comercio, la Agricultura, ni las Ciencias ni las Artes. Precisamente, el Banco de la Provincia acababa de adquirir cuatro estatuas representando a la Geografía, la Astronomía, la Navegación y la Mecánica. Y bien: se sacaron las cuatro de Duburdieu y se metieron las nuevas. Se ignora qué tenía que ver la navegación, la mecánica o la astronomía con el sentido de Mayo y su trascendencia histórica, pero lo cierto es que así ocurrió. El siglo pasado sentía un empecinado amor por las alegorías, y si estaban esculpidas, mejor.

Posteriormente se agregaron los cuatro escudos nacionales churriguerrescamente decorados, en las caras del basamento, y que aún pueden verse. Y así estaban cuando Torcuato de Alvear fue nombrado primer intendente de la Ciudad de Buenos Aires.

Foto propia (2011)

Si alguna vez hubo un intendente acorde a los tiempos, ese fue precisamente Alvear. Era la época de la gran euforia argentina, cuando Buenos Aires se empecinó en imitar a Paris, Berlín o Roma, sin comprender en su apuro que para adquirir carácter hacían falta centurias más bien que arquitectura. Enfermedad de adolescente agrandado. Pueblo nuevo, mal estuche de reliquias, y así fue que las pocas que teníamos comenzaron a ser arrambladas en homenaje a ese abstracto Progreso del que todos hablaban y siempre escribían con mayúscula.

Torcuato de Alvear fue the right man in the right place. No se detenía en minucias sentimentales. Y logró cambiarle la cara a Buenos Aires. La capital argentina no tenía avenidas que dignificaran su pretensión de gran urbe, y Alvear le dio la primera, aunque para eso se llevó por delante diez cuadras de edificación, arrancándole de paso un costado al venerable Cabildo. Así nació la Avenida de Mayo (medio siglo más tarde otro intendente, al abrir la Diagonal Julio A. Roca, le mechó otro pedazo al Cabildo, que de esa manera quedó reducido a la condición de maqueta de sí mismo).


También Alvear la emprendió con la morisca Recova, reduciéndola a cascotes en plazo récord, uniendo la Plaza de la Victoria con la de 25 de Mayo en un solo y amplio espacio, que desde entonces llamamos Plaza de Mayo. Naturalmente, esa flamante inmensidad debía remodelarse, y en los nuevos planos de la plaza no hallaba ubicación la Pirámide, que desde la desaparición de la Recova quedaba más desubicada y perdida que nunca. Para Alvear —que demolía con total prescindencia de factores sentimentales o tradicionales— el asunto estaba claro: la pirámide debía desaparecer, reemplazada por un monumento más pretencioso. El ingeniero Juan Buschiazzo, que andaba en las faenas remodelatorias, presentó un proyecto. Quedan fotos de la maqueta de ese monumento que debió levantarse en mitad de la Plaza, y en ellas se destaca la espantosa monstruosidad que estuvieron a punto de inferirnos. Era una gigantesca obra de repostería, una elevada columna llena de placas, bronces y mármoles, con banderas agitadas al viento y gestos heroicos a carradas, es decir el más elemental lugar común de la escultura, con que de allí en adelante llenaron impunemente a Buenos Aires. El gusto finisecular tenía esas cosas.

Hubo bastante polvareda con eso de demoler la Pirámide. El intendente Alvear y el Concejo Deliberante decidieron en buena hora consultar, en noviembre de 1883, a los hombres más representativos e ilustrados en historia patria. Ellos decidirían sobre la suerte del monumento decano. Los consultados fueron: Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento, Vicente F. López. Nicolás Avellaneda, Andrés Lamas, Miguel Estévez Seguí, Ángel J. Carranza, Manuel R. Trelles y José Manuel Estrada. Las conclusiones y dictámenes fueron publicados en los diarios de la época. Las más brillantes defensas de la Pirámide fueron la de Mitre, desde las páginas de “La Nación”, y la de Avellaneda, que apareció en “La Unión”, pero las nueve opiniones no se caracterizaron por la unidad, como lo revelan los resultados de la encuesta: cuatro se pronunciaron por demolerla lisa y llanamente, con la única salvedad de conservar una reliquia del monumento; tres decidieron que se debía dejar tal cual estaba: uno opinó que lo mejor era removerla, y otro que lo más adecuado era restaurarla en su aspecto original. 

De acuerdo a ello, Alvear pudo haberla demolido, pues contaba con mayoría relativa; pero se levantó tal rumor popular y fue tan grande la gritería periodística, que el intendente dejó las cosas corno estaban, por el momento.

Precisamente en medio de la polémica, uno de los consultados arrojó una bomba desde las páginas de “La Nación" del 22 de noviembre de 1883: Carranza aseguraba que debajo de la Pirámide de Mayo había un cofre que contenía las Actas de Mayo, además de medallas conmemorativas de la jura de Fernando VII y de las Invasiones Inglesas, con lo cual echó más leña al fuego. 

Tan sólo dos años después, el 25 de octubre de 1885, retoma las banderas de la demolición nada menos que el Congreso Nacional, que en esa fecha dispone borrar del mapa a la vieja Pirámide y erigir en el centro de la Plaza de Mayo el monumento vetado por la opinión publica en 1883. Todas las provincias contribuirían económicamente con una parte y la Nación lo haría con $ 300.000.- (de entonces). La ley fue promulgada el 4 de noviembre de 1885. ¿Volvíamos a la magnífica fuente de bronce de sesenta años atrás? Más o menos. El país era rico, joven, y quería mármoles y estatuas que aseguraran su potencia a gritos. Se nombró una comisión destinada a presidir la ejecución de la obra. Y pasó lo que siempre ocurre con estas comisiones: se reunió un par de veces y  luego cesó. Luego vino la crisis del 90 y todo se encarpetó para tiempos más propicios. La orgullosa nación que sintiera vergüenza del modesto monumentito que ochenta años antes levantaran los Padres de Esta Tierra, debió sumergirse en otros problemas, y allá quedó el triste edificio de ladrillos y estuco, pobrísimo en su inmensa riqueza, alzando su delgada silueta en la Plaza por Antonomasia.

Proyecto de monumento en el centro de la Plaza de Mayo.
Nótese el Cabildo mutilado.
Sobre Diagonal Norte se proyectaba ubicar el monumento a Garay

Lo único que se hizo, a iniciativa de Eduardo Ortiz Basualdo, y por suscripción popular, fue cumplir con aquel remoto decreto firmado por el brigadier general don Cornelio de Saavedra ocho décadas atrás, que disponía la colocación de una placa de bronce recordando los nombres de dos de los primeros caídos por la causa patria. El 24 de mayo de 1891 se ajustó esa placa en el basamento de la Pirámide, cuyo texto se reduce a un par de nombres: FELIPE PEREYRA DE LUCENA - MANUEL ARTIGAS. 

Pero lo cierto es que la Pirámide estaba mal colocada. Desde su erección trente al Cabildo en 1811, quedaba a la altura de la Catedral. Cuando Alvear remodeló la Plaza de Mayo, se hizo aconsejable correrla hacia el centro, por simple efecto estético. En enero de 1899 el intendente Bullrich solicitó al Ministerio del Interior apoyo económico para correr la Pirámide. Alguien aprovechó la oportunidad para pedir se la recubriera de bronce por sistema galvanoplástico. Pero no pasó nada, ni en uno ni en otro sentido.



La Pirámide, todavía con las cuatro estatuas esquineras (foto de 1903)

Corren los años. Llega 1910. El Centenario. La pujante y vigorosa Argentina se apresta a recibir reyes, príncipes y gobernantes. Es la joya de Sudamérica. Se proyecta un gigantesco monumento en el centro de la Plaza de Mayo, que a todo esto va siendo un poco chica para monumentos demasiado grandes. 



Pero el tiempo no ha pasado en vano. Ya no se habla de demoler a la centenaria Pirámide: se la debe conservar como reliquia. Y aunque aquel majestuoso edificio proyectado en 1910 no fue más allá de la cabeza de sus gestores, la Pirámide fue finalmente corrida hacia su sitio actual en 1912, bajo la supervisión del constructor Anselmo Borrel. 


Medalla conmemorativa de la colocación de la piedra fundamental
del proyectado monumento a la Revolución de Mayo
Precisamente al correrla se notó que era hueca; algunos entendidos la examinaron y aseguraron que no sólo el material era homogéneo, sin trazas de agregados, sino que no había huellas de ladrillos antiguos. En consecuencia, se corrió la voz de que la Pirámide no era la original de 1811, y que ésta había sido derribada en 1857. También se buscó el famoso cofre con las Actas de Mayo y las medallas de que hablara Carranza treinta años antes, pero no se encontró nada. Un misterio menos. 


Foto publicada en "Caras y Caretas" en noviembre de 1912
Como persistiera la duda de si la Pirámide original había desaparecido, la Junta de Historia y Numismática Americana —hoy Academia Nacional de la Historia—, bajo la presidencia del Dr. Enrique Peña, encomendó a J. A. Pillado, Juan Pelleschi y Pastor S. Obligado, la tarea de investigarlo. Mientras Pillado y Obligado revolvían archivos y expedientes, Pelleschi solicitó y obtuvo permiso del intendente Anchorena para efectuar cateos en la Pirámide. En total efectuó diez sondajes a diversas alturas, removiendo el revoque en superficies limitadas hasta llegar a la mampostería. Los estudios sobre el monumento coincidieron con las investigaciones en los archivos: la actual Pirámide está construida sobre la antigua, la cual se encuentra —según el informe— en perfecto estado, cubierta como está de la intemperie. Incluso dentro de ella sigue estando la estaca de madera dura que el constructor Francisco Cañete colocó para aumentar la resistencia y sostener el vaso decorativo de los primeros tiempos.  El primer punto de las conclusiones a que llegó la Comisión dice textualmente: 
“Que nada justifica la duda sobre la existencia de la antigua Pirámide pues se conserva debajo de los agregados que se le aplicaron en 1857, sin otro menoscabo que haber perdido el extremo superior de la aguja y la reja con pilares que la circundaba”.
Pero... la misma Comisión aconsejaba derribar la estatua de la Libertad, lo cual nos suena hoy a sacrílego. Por suerte, la idea no se abrió camino. Sí, en cambio, el consejo del punto cuatro de las conclusiones: 
“Que las figuras agregadas a su pedestal, no armonizan absolutamente con el pensamiento de Mayo y así como la primera (es decir, la de la Libertad), pueden ser demolidas sin herir los sentimientos del pueblo”.
Y en buena hora le sacaron las cuatro estatuas esquineras que nada decían ni agregaban, así como la reja, sustituida por un suave foso cubierto de césped. 

En la sesión del 4 de mayo de 1913, la Junta de Historia y Numismática Americana decidió publicar los importantes informes oportunamente elevados por sus miembros Pastor S. Obligado, José Antonio Pillado y Juan Pelleschi, dándose a imprenta y apareciendo ese mismo año con el título “La Pirámide de Mayo”, folleto de 72 páginas, de fundamental valor para estudiar el tema, y que hemos tenido permanentemente a la vista mientras redactábamos estas líneas. 

Seguía en pie, pese a todo, aquella ley de noviembre de 1885 que prescribía la demolición de la Pirámide y la erección de otro monumento. En cualquier momento podía resucitar el viejo espíritu y ordenarse el cumplimiento de la ley. El peligro se aventó cuando ésta fue definitivamente derogada en 1922. Ironías de la historia, quien estampó su firma al pie del documento fue el Presidente de la República, don Marcelo de Alvear, hijo del intendente iconoclasta. 

El 25 de mayo de 1941 la Comisión de Monumentos Históricos descubrió, cerca de la base de la Pirámide, y a espaldas de la estatua de la Libertad, una ancha place de bronce sobre basamento, explicando la alcurnia de ese lugar patricio. Finalmente, el 25 de mayo de 1960, las autoridades uruguayas obsequiaron a la Argentina otra placa similar que fue colocada simétricamente respecto de la anterior, en el lado este. Su texto dice: HOMENAJE DEL GOBIERNO Y PUEBLO ORIENTAL A LA GRAN NACIÓN ARGENTINA EN EL SESQUICENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO. FECHA GLORIOSA CON LA CUAL SE INICIÓ EL PROCESO DE EMANCIPACIÓN DE LOS PUEBLOS DEL PLATA. En cierta forma, nuestros amigos uruguayos estaban ayudando a cumplir con una vieja disposición de aquel Congreso General Constituyente de 1826…

El Cabildo restaurado (1940)
Pero en verdad, la odisea de la Pirámide de Mayo llegó a su término el 21 de mayo de 1942, cuando por decreto del Poder Ejecutivo Nacional, N° 140.412, el viejo obelisco fue declarado Monumento Histórico. Ya nadie lo puede tocar, y roguemos a Dios que lo guarde de los hombres y de las vicisitudes históricas. Méritos sobrados tiene para todo nuestro respeto. Su imagen de deslumbrante altura, envuelta en remolinos de palomas, destacándose contra el fondo rosado de la Casa de Gobierno, es ya patrimonio del alma argentina. Desde su elevado pedestal, la Libertad clava sus ojos de mirada eterna en el edificio desde donde nos rigen. En el centro de la Plaza que es el corazón histórico de la Argentina, ha visto pasar a todos los gobiernos, ha sabido de todas las desdichas de nuestro pueblo, y ha sido testigo de sus horas de grandeza. Nada de nuestro pasado le es ajeno. Que presida, pues, nuestro futuro. 

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Hasta aquí, el delicioso artículo que leí hace 50 años y que conservo, como un documento inapreciable, desde entonces. Pero, ¿podríamos continuar la historia de la Pirámide hasta nuestros días? Un par de datos:

Recuerdo que la Plaza de Mayo fue remodelada en los años 70 u 80; en el cantero que  rodea a la Pirámide se colocó tierra de todas las provincias y de Tierra Santa. Más tarde, tuvo lugar otra reforma; en el piso alrededor del monumento se pintaron pañuelos blancos. Otra restauración de la Pirámide tuvo lugar en 2010, con ocasión del Bicentenario, gracias a la iniciativa privada de un estudio de restauración, que costeó tanto los materiales como la mano de obra. 

Restauración de 2010
Y en febrero de este año comenzó la actual restauración integral, que es la ocasión inmediata de estas dos entradas, la de ayer y la de hoy.  En el marco de esta restauración, las cuatro estatuas que estuvieron hasta 1912 al pie del monumento, y que se encontraban hasta ahora frente a la Basílica de San Francisco, vuelven a sus lugares.


Las cuatro estatuas de las esquinas de la Pirámide,
 preparadas para volver a ser colocadas en sus lugares respectivos
Como este Blog habla de Heráldica, terminamos con dos fotos de los trabajos de este año, en las que se ven los dos escudos patrios que tiene el monumento: el que sostiene a su lado con su mano la Libertad de la cúspide, y uno de los cuatro iguales, "churriguerrescamente decorados", que tiene la base.



Publicamos esta entrada en el 160° aniversario de la inauguración de la Pirámide de Mayo en la versión actual confeccionada por Prilidiano Pueyrredón.

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