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miércoles, 26 de abril de 2017

"La Pirámide de la Patria" (1 de 2)

Hace muchos años, siendo todavía un adolescente o incluso un niño, tuve ocasión de leer el artículo titulado "La Pirámide de la Patria" que fue publicado en el número 10 de la revista "Todo es Historia" en febrero de 1968.  Mi padre compró la revista casi todos los meses, por largos años, desde su aparición en mayo de 1967. La colección, incompleta pero voluminosa, pasó por los avatares de un par de mudanzas traumáticas y, finalmente, a fines del siglo XX, sufrió la inundación del sótano donde se conservaba. Pero antes de esa triste pérdida, yo ya había podido rescatar las páginas de aquel maravilloso artículo de 1968, que aun conservo, junto con par de artículos más que ya hemos evocado en este Blog ("La bandera azul y blanca...",  "Argentinos y españoles", entre otros).  A su vez, la nota "La Pirámide de la Patria"  ya fue mencionada en esta bitácora virtual el 6 de abril de 2011, al celebrarse el bicentenario del primer monumento porteño.


Foto propia (2011)
Se celebran en pocos días los 50 años de la creación de "Todo es Historia"; se cumplen mañana 160 años de la "reinauguración" de la Pirámide de Mayo en su versión actual; el venerable monumento acaba de ser restaurado; estamos a las puertas de las Fiestas Mayas de 2017, en cuyo contexto se cumple, en este año, el 75° aniversario de la declaración de la Pirámide como Monumento Histórico Nacional.

Obras de restauración de la Pirámide de mayo, febrero de 2017
Todas estas circunstancias ofrecen una inmejorable ocasión para traer "La Pirámide de la Patria" de Miguel Ángel Scenna en versión completa, a las páginas virtuales de este Blog. 


Por ello, ofrecemos desde hoy, en dos entregas consecutivas,  el artículo "La Pirámide de la Patria", ilustrado con fotos propias, otras halladas en la Red, y otras obtenidas del libro "Historia de la Pirámide de Mayo", de Rómulo Zabala. También incluimos los esquemas y "planos" de la Pirámide publicados en la nota original. Con la transcripción de tan excelente artículo entendemos estar prestando un servicio a la cultura argentina, aunque sólo tangencialmente abordemos cuestiones heráldicas. Respetamos el texto original con mínimas adecuaciones (la puntuación y algunas letras son casi invisibles en las viejas hojas amarillentas que poseemos).





LA PIRÁMIDE DE LA PATRIA
por Miguel Ángel Scenna

Con hermosa y regular caligrafía, doña María Guadalupe Cuenca comunicaba a su ausente marido: “…en la plaza principal están levantando una pirámide…”. El ausente marido era el doctor Mariano Moreno; la fecha de la carta, 20 de abril de 1811; y la carta en sí, la primera referencia de un particular que tenemos sobre la Pirámide de Mayo.

Hoy podría parecer curioso que el asunto mereciera ser incluido en una misiva privada, cariñosa, familiar, es decir, el lugar menos propicio para hablar de monumentos; sin embargo poco después la madre de Moreno escribe al hijo y vuelve a mencionar el tema: “Se está haciendo una Pirámide en la plaza para el 25 de mayo”. Lo cual demuestra que los orígenes de la misma se desarrollaron entre comentarios y que llamó mucho la atención en aquellos comienzos de 1811.

Se explica el asombro, ya que Buenos Aires carecía de monumentos, jamás había tenido ninguno, y éste que se preparaba habría de ser el primero de la ciudad porteña. Y sería el único por medio siglo, hasta que en la plaza homónima se levantara la estatua de San Martin sobre un pedestal mucho más modesto que el actual, señalando hacia las cumbres andinas por sobre las quintas y despoblados del Retiro.

Vale decir que sobre la Pirámide de Mayo gravita toda la historia argentina independiente. Es merecedora de que traigamos su recuerdo al presente.

Fue concebida al tiempo que estallaba el primero de los innumerables golpes de estado que festonean nuestra vida política. En efecto, el 5 de abril de 1811 —en tanto se desarrollaba la asonada que barrió con los morenistas e inauguró la breve dictadura de Saavedra— el Cabildo estudiaba el programa de festejos con que se conmemoraría el primer aniversario de la Revolución. Entre los arcos triunfales, guirnaldas y cartelones que adornarían la Plaza de la Victoria se pensó erigir un obelisco alegórico, de yeso y madera, efímero, para el acto mismo y destinado a desaparecer después; pero la idea evolucionó hacia algo más sólido y persistente cuando Juan Gaspar Hernández propuso hacerla con ladrillos, para que permaneciera definitivamente frente al Cabildo. El monumento ostentaría el escudo de la ciudad y en sus caras se grabarían inscripciones alusivas al 25 de Mayo de 1810 y a las dos Invasiones Inglesas. De acuerdo los cabildantes se recabó permiso a la Junta. Con tal fin fueron comisionados don Manuel Aguirre y don Martín Grandoli, que se presentaron en el Fuerte con el proyecto bajo el brazo. 



Gravemente Saavedra y sus colegas estudiaron el asunto. Jamás sabremos qué paso por la mente de don Cornelio mientras repasaba ese proyecto que honraba indirectamente a varios compañeros suyos que acababan de ser echados, poco menos que a puntapiés, del gobierno. Lo cierto es que lo aprobó; únicamente la Junta señaló que las inscripciones debían limitarse al 25 de Mayo.

La ejecución del monumento se encomendó al más hábil constructor de entonces, el maestro mayor de obras Francisco Cañete, a la sazón ocupado en levantar el Coliseo de Comedias. El tiempo apremiaba y el Cabildo encareció a Cañete su máxima dedicación, por lo cual el maestro de obras abandonó el Coliseo y se entregó a la nueva faena, asegurando que estaría lista para el 25 de mayo. Y para demostrar que hablaba en serio, puso manos a la obra inmediatamente, cavándose los cimientos el 6 de abril, en medio de una plaza convulsionada por los acontecimientos políticos. El constructor contaba con un exiguo presupuesto de $ 6000.-, por lo cual no podía extenderse en proyectos demasiado ambiciosos. Debía ahorrar materiales y tiempo y se limitó a erigir un sencillo y nada pretencioso obelisco, que sería hueco por las dos razones antes citadas: los obreros podrían trabajar desde adentro y desde afuera, ganando en rapidez y empleando menos ladrillos. Para dar consistencia a la fábrica se le colocaría dentro un alma de madera dura. La idea de Cañete era que esta económica construcción sirviera de adorno en todo tiempo a la Plaza de la Victoria y que en los días de festejo pudiera usarse —como así se hizo— para sostener guirnaldas, cartelones y leyendas.

De sus diseños surgió un obelisco de estilo romano emplazado sobre un zócalo con dos gradas y un pedestal con cuatro ángulos entrantes y una cornisa. Fue tan económica la edificación, que sobraron ladrillos. La cúspide remataba en un feo vaso que no mejoraba el conjunto, que en suma tenía 14,92 m. de altura. El todo fue rodeado por una reja sostenida por doce pilastras de mampostería que culminaban en sencillas perillas de terracota. Para la verja, el Cabildo entregó 49 quintales y siete barras de hierro, que costaron —mano de obra del herrero incluida— la suma de $ 834.- con cinco reales.



A pesar de sus apuros y desvelos, Francisco Cañete no tuvo listo el monumento el 25 de mayo de 1811, pero de todas maneras se inauguró. Y de entrada fue mal llamado. Todo el mundo se refirió a él como “La Pirámide”, cuando en realidad siempre fue, nunca dejó de ser, y sigue siendo, un obelisco. 

El día de la inauguración, la señora de Moreno escribió al marido: “Están en una gran función en acción de gracias por la instalación de la Junta; predica Chorroarín, han hecho arcos triunfales, una Pirámide en medio de la Plaza, aunque no la han podido acabar...”. La pobre mujer ignoraba que su marido había muerto más de dos meses atrás, en alta mar.

También el prolijo Juan Manuel Beruti tomó la pluma y consignó escrupulosamente los festejos de la primera fiesta maya con su letra grande y redondeada, en esa especie de crónica que llevaba con paciencia benedictina: “En este mismo se construyó la gran pirámide que decora la Plaza Mayor de este capital y recuerda los triunfos a la posteridad de esta ciudad, la que se principió a levantar sus cimientos el 6 de abril último; pero aunque no está adornada con los jeroglíficos, enrejados y adornos que debe de tener por la cortedad del tiempo que ha mediado, sin embargo a los cuatro frentes, provisionalmente se le puso una décima en verso, alusiva a la obra y victorias que habían ganado las valerosas tropas de esta inmortal ciudad…”.




Durante los cuatro días de festejos que duró la celebración, la Pirámide fue rodeada por las banderas de los regimientos patrios. No podía tener mejor comienzo el primer monumento porteño.

El 31 de julio de 1811 la Junta resolvió rendir homenaje a Manuel Antonio Artigas y Felipe Pereyra Lucena, muertos valerosamente en acciones de guerra, y decretó que su memoria fuera eternamente recordada en una placa de bronce que sería colocada en el zócalo de la Pirámide. Pero antes de que el homenaje pudiera tener principio de ejecución, el ambiente político se espesó animosamente, el presidente Saavedra partió rumbo al norte para hacerse cargo del desvencijado Ejército del Alto Perú, y tan pronto se fue lo defenestraron: la Junta Grande nombró un Triunvirato, y en noviembre el Triunvirato acabó con la Junta Grande. En la baraúnda el decreto fue encarpetado y fue a dormir el largo sueño de las cosas olvidadas.

El 13 de febrero de 1812 el Cabildo volvió a acordarse de la Pirámide. En la inmensidad desierta y despareja de la Plaza de la Victoria, encuadrada entre la alta torre del Cabildo y el elevado arco central de la Recova, debía pasar desapercibida, y por ello, para realzar su aspecto, se colocaron cuatro faroles esquineros en la reja, alimentados a sebo de potro. Bienvenida la mejora, ya que en adelante la Pirámide fue el centro obligado de los festejos populares: a su pie se celebraron las victorias de Salta y Tucumán, y cuando la Asamblea General Constituyente de 1813 declaró fiesta cívica al 25 de Mayo, la Plaza de la Victoria pasó a ser el escenario obligado y la Pirámide su centro de atracción. Tres años después un grupo de hombres resuelve en Tucumán hacer de este suelo una Nación soberana, y a los pies de la Pirámide es jurada la Independencia en Buenos Aires. No es de extrañar entonces que el pueblo porteño cobrara cariño, un hondo afecto, a la modesta e inaparente construcción, y que primero poéticamente, luego de todo corazón comenzara a llamarla Altar de la Patria. 


Fragmento de la reja de la Pirámide
Pero vienen años malos, muy malos para la emergente República, y al llegar 1820 las rejas de la Pirámide sirven para atar las bridas de las montoneras de López y Ramírez, que terminan de doblegar a la orgullosa ciudad. Trago amargo, humillación merecida, que pasó como todo en la vida. Lo cierto es que las montoneras se fueron y la Pirámide quedó. 

En 1826 el país parecía organizarse. Por lo menos así lo creía don Bernardino Rivadavia, Presidente de la Nación. Claro que estábamos en guerra con Brasil, que no había recursos, que el tesoro estaba desfondado y que las provincias no mostraban ningún entusiasmo por el primer mandatario, pero nada impedía que los gobernantes porteños trataran por lo menos de ser optimistas. 

O tal vez fuera que la Argentina intuía un porvenir, y como todos los que tienen futuro, quería rendir homenaje al pasado El 18 de mayo de 1826, don Bernardino —que no era hombre de planes chiquitos— elevó al Congreso General Constituyente un copioso proyecto de ley, dividido en 16 artículos, para hermosear la Plaza 25 de Mayo, impulsar el progreso de la ciudad y rendir homenaje a los autores de la Revolución de Mayo, todo en uno. Se trataba de lo siguiente: dentro de la planificación de aguas corrientes que estudiaba el gobierno, se levantaría en dicha plaza “una magnífica fuente de bronce, que recuerde constantemente a la posteridad el manantial de prosperidad y de glorias que nos abrió el denodado patriotismo de aquellos ciudadanos ilustres”. En la base se grabaría una leyenda: LA REPÚBLICA ARGENTINA A LOS AUTORES DE LA REVOLUCIÓN EN EL MEMORABLE 25 DE MAYO DE 1810. Y más abajo aún, en medallones, los nombres de esos autores.   Que Rivadavia —contemporáneo de la Revolución— no sabía justamente quiénes podrían ser estos, lo demuestra el alambicado procedimiento que señalaba el proyecto de ley para designarlos: un jury debía concretar las condiciones básicas para ser considerado autor de la Revolución, y otro jury, en base a esos datos, los identificaría, y entonces, además de inscribir sus nombres en los medallones, recibirían una pensión vitalicia y hereditaria. Algo así como un torneo con semifinales y todo…

El 24 de mayo habla el miembro informante de la comisión encargada de estudiar el proyecto. Es nada menos que Juan José Paso —“El Viejo”, como suelen llamarlo las nuevas generaciones—, que a los 68 años de edad ostenta un récord absoluto de permanencia en todos los gobiernos. Incluso fue secretario de la Junta del 25 de Mayo, dieciséis años atrás. Pero “El Viejo” arroja la bomba al oponerse al proyecto por razones económicas y al decir de los autores de la Revolución: “yo no me acuerdo a la verdad de ninguno”. Durante varias sesiones se entabla un extenso debate, por momentos bizantino, sobre quiénes podrían ser, o cómo se podría encontrar a esos benditos autores, pero la que emerge sólidamente de tales discusiones es que ninguno de los representantes sabía quiénes eran. 


Primera vista conocida de la Pirámide, tomada desde el arco de la Recova.
Acuarela de Emeric Essex Vidal
Pero con identificaciones precisas o sin ellas, el asunto seguía su marcha. En la sesión del 9 de junio —la quinta en que se consideraba la magnífica fuente— el diputado Medina, que se oponía al proyecto, exclamó: “Mas, ¿para qué necesitamos más monumento que esa pirámide que tenemos en la Plaza de la Victoria? Ese es el monumento que ha de perpetuar la memoria de los héroes del 25 de Mayo”.

Medina resultó profeta, pero su mención estuvo a punto de acabar con la Pirámide, ya que atrajo la atención de todos hacia ella. El representante cordobés José Eugenio del Portillo saltó al ruedo. No le gustaba la Pirámide y defendió denodadamente a la fuente “para que no estemos a la humilde pirámide, que ese no es monumento respetable: más respetable es la fuente que se piensa…”.

José Valentín Gómez se plegó a la tesis de la no respetabilidad de la Pirámide, con tanto entusiasmo que propuso lisa y llanamente derribarla. El proyecto de Rivadavia hablaba de una fuente en la Plaza 25 de Mayo, entre el Fuerte y la Recova, dejando en paz a la Pirámide, que estaba en la Plaza de la Victoria, entre la Recova y el Cabildo. Y ese detalle no convencía a Gómez, que dedujo: “El lugar de la del 25 de Mayo, por su situación, no es aparente para un monumento tal, y desde luego haría un contraste un gran monumento allí para celebrar la memoria de esos ciudadanos, y un monumento tan triste en la Plaza de la Victoria, para recordar este día glorioso, porque al fin esta es la acepción que ha tomado: sería indispensable que ese monumento cuanto antes desaparezca de nuestra vista, porque él no puede ser más pequeño ni más imperfecto... porque es claro que esa pirámide tal cual existe no puede continuar por mucho tiempo, y que tampoco puede arrancárselo impunemente”.

Gómez estaba al tanto del enorme valor afectivo que ese “monumento tan triste” tenía para el pueblo, y que no se lo podría demoler sin levantar oposición. 

El ministro Julián Segundo de Agüero, presente en la sesión, manifestó que no tendría mayor inconveniente en que la fuente se levantara en la Plaza de la Victoria con preferencia a la del 25 de Mayo, pero no a costa de la Pirámide, y pronunció entonces las palabras más sensatas que se escucharon en el debate: “El Ministro que habla conoce toda la imperfección y pequeñez de ese monumento para perpetuar la memoria de un suceso tan grande, y cuya memoria debe ser entre nosotros eterna; pero tiene una consideración especial, que impide el que se eche por tierra ese monumento y que en su lugar se levante otro: y es el que es sumamente perjudicial y ruinoso en todo estado que un gobierno se acostumbre a deshacer todo los que los otros anteriores hayan hecho en cualquier tiempo, y especialmente en aquellas cosas que entre nosotros deben considerarse clásicas en un estado: esto es mucho más grande... Yo creo que sean cuales sean las impresiones de ese monumento y la pequeñez de esa pirámide consagrada a perpetuar la memoria del 25 de Mayo, ellos deben ser respetados”.


Tumba del canónigo Julián Segundo de Agüero en la cripta de la Catedral Metropolitana
(foto propia)
Estupendas palabras, soberbios conceptos, dignos de un más frecuente recuerdo. Pero la opinión del Ministro no pesó en la hora de la votación. El Congreso resolvió derribar la Pirámide y levantar en su lugar la magnífica fuente de bronce. 

Cuando los congresales se reunieron al día siguiente, 10 de junio, el fantasma de la Pirámide seguía planeando sobre sus cabezas, y se habló de que en vez de la bendita fuente bien podría levantarse otra pirámide —también adjetivada de magnífica, por supuesto— en reemplazo de la primitiva, pero el representante Manuel Antonio de Castro, convencido antipiramidista y escéptico respecto de los verdaderos sentimientos populares, concluyó tajantemente: “Sobre todo, monumento ha de haber, y no ha de ser ese triste monumento que hay ahora; ha de haber otro más magnífico: porque eso del respeto que se tributa al monumento actual no es al monumento sino al objeto que alude”.

Y se votó nomás la ley el 10 de junio de 1826, de acuerdo al siguiente texto: 
Art. 1° En la Plaza de la Victoria se levantará a costa del tesoro nacional un monumento que subrogando al que hoy existe, perpetúe la memoria del glorioso 25 de Mayo de 1810 y la de los ciudadanos beneméritos, que por haberlo preparado deben considerarse los autores de la revolución que dio principio a la libertad e independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Art. 2° El monumento consistirá en una magnífica fuente de bronce, que represente constantemente a la posteridad el manantial de prosperidades y glorias que nos abrió el denodado patriotismo de aquellos ciudadanos ilustres. 
Art. 3° En su base se grabará la siguiente inscripción: La República Argentina a los autores de la Revolución en el memorable 25 de Mayo de 1810. 
Art. 4° El Gobierno presentará oportunamente a la aprobación del Congreso el plano del monumento decretado por esta ley, y el presupuesto de su costo. 
Sin embargo, con ley y todo, la Pirámide no corría ningún peligro. El Congreso había discutido prolongadamente a través de seis sesiones en el aire, en plena estratósfera, sin tocar tierra en ningún momento. Se levantaría una magnífica fuente de bronce, de elevado costo, cuando no se tenían recursos para atender a lo inmediato; esa fuente arrojaría agua de un hipotético sistema de aguas corrientes que no existía ni en los planos y que Buenos Aires tardaría más de cincuenta años en tener. ¡Hermoso ejemplo de legislar en abstracto! Mientras el país se desangraba en una guerra exterior, mientras el espectro de la guerra civil amenazaba a las provincias y todo arriesgaba irse a pique de un momento a otro, el Congreso dedicaba seis largas sesiones a discutir un monumento cuya característica fundamental era la imposibilidad de hacerlo. Más allá de la sinceridad y patriotismo del unitarismo rivadaviano —que no ponernos en tela de juicio— este debate bizantino es una prueba preciosa de su falla esencial: dictaba leyes ideales, proyectaba estupendas obras en el papel, manejaba entelequias puras, sin detenerse en molestas e inoportunas realidades. El que tenga tiempo y ganas puede leer entero el debate en el tomo II de "Asambleas Constituyentes Argentinas", compiladas por Emilio Ravignani. Y una excusa se me ocurre: los señores diputados se reunían después de cenar —y entonces se cenaba copiosamente— y sospecho que la pesadez postprandial se dejó sentir en las discusiones, conspirando negativamente para que los legisladores se ubicaran en la realidad cotidiana. 

La historia de la magnífica fuente tuvo rápido epílogo. Rivadavia renunció, el Congreso se disolvió, toda autoridad nacional desapareció, y nadie pensó en levantar monumentos a nada.

Allí quedó la Pirámide, tosca, modesta, símbolo de algo demasiado grande para expresarlo en piedra y bronce.


El Cabildo y la Pirámide en 1829
Acuarela de Carlos E. Pellegrini
En 1834 se caía en ruinas. Mustia, descascarada, desmenuzada, mostraba los ladrillos de su alma argentina. El casi cuarto de siglo de existencia la había azotado duramente... Hubo que repararla a fondo, junto con la herrumbrada reja de barrotes torcidos. La lista de arreglos y remiendos demuestra que debió encontrarse en total abandono. Fue una verdadera restauración, que costó al gobierno provincial $ 699.- pagados al albañil Juan Sidders y al herrero Robert M. Gaw. Quedó terminada, pintada y reluciente en enero de 1835, justo dos meses antes de que asumiera el poder don Juan Manuel de Rosas.


La Pirámide y la Recova
Acuarela de Carlos E. Pellegrini
Si los unitarios eran hombres de ideas que tendían a eludir lo concreto inmediato, don Juan Manuel estaba constituido a la inversa. Tal vez no tuviera ideas, pero estaba sólidamente atornillado a la realidad. El Restaurador sabía lo que representaba la Pirámide para el pueblo, y durante su larga gestión la dejó tranquila. Como no le molestaba, no la molestó. A lo sumo —y según dice José Luis Lanuza— le mandó dar una mano de pintura roja, como para ponerla a tono con los tiempos.


La Pirámide en 1854
Llegó Caseros. Buenos Aires se separó de la Confederación, y allí siguió la Pirámide, disolviendo su mampostería a la intemperie. Veinte años se cumplían desde las últimas refacciones, cuando en 1854 se aprobó la ley de municipalidades. La de Buenos Aires se instaló el 3 de abril de 1856, y uno de sus primeros cuidados fue ordenar la reparación de la Pirámide, adecuándola a la nueva época que se iniciaba. La comisión nombrada al efecto estaba formada por Domingo Faustino Sarmiento, Felipe Botet e Isaac Fernández Blanco, que encargaron los proyectos y dirección de los trabajos al ingeniero Prilidiano Pueyrredón. Este planificó una reforma en regla, una modificación cabal. El asunto empezó en abril de 1856 y se prolongó hasta abril de 1857. ¡Siempre el mes de abril fue tremendo para la Pirámide! Gestada y edificada a todo trapo en un mes de abril, fue siempre en abril que se dispusieron reformas, agregados y reducciones.





Pueyrredón elevó la altura del monumento alargando y afinando el obelisco, y su cúspide se aplanó para colocar un soporte de sólido hierro sobre el que sujetar la estatua de la Libertad que hoy vemos; se aumentaron los escalones,  se remodelaron las molduras; en la cara este se colocó la sobria inscripción que aún se lee: 25 DE MAYO 1810, y sobre ella ese hermoso sol naciente cuyo diseño es eternamente moderno y actual; los ángulos entrantes del primitivo monumento se cubrieron para dar cabida a cuatro estatuas representando el Comercio, la Agricultura, las Ciencias y las Artes, horrores plásticos a los que era muy amante el siglo XIX, y a los que indudablemente se plegó entusiastamente el edil Sarmiento. Las cuatro estatuas, así como la de la Libertad —o de la República, según otros— las esculpió el francés Duburdieu en cemento. El 6 de mayo de 1856 comenzó a trabajar en la estatua de la Libertad, que estuvo terminada y emplazada para el 9 de julio, aunque debió retocarla un poco después, cambiándole el escudo —que representa al Derecho— y algunos detalles menores. El 5 de marzo de 1857 estuvieron listas las otras estatuas, el sol naciente y las guirnaldas.

También desapareció la reja original, que debía estar bastante deteriorada. El 17 de abril de 1856 fueron demolidas las doce pilastras y el 8 de julio estaba emplazada la verja nueva, con un farol de gas en cada esquina, reemplazando a los viejos de sebo de potro. Signo de los tiempos…

La nueva Pirámide, debida a la inspiración de Prilidiano Pueyrredón, fue entregada a las autoridades, flamante y terminada, el 27 de abril de 1857, y ese mismo día —¡oh asombro!— fue pagada religiosamente: $ 25.000.- en total. El monumento había pasado de unos catorce metros a 18.76 m de altura. En cuanto a la reja antigua, quería la leyenda que hubiera ido a adornar una carnicería de la calle Corrientes, entre Río Bamba y Ayacucho, pero aunque tras el rastro se arrojaron los sabuesos de la historia, ninguna prueba se sacó en limpio.




La reformada Pirámide debía ser estucada imitando mármol, tarea que demandó unos días más, confiriendo al monumento un aspecto rutilante. En la memoria municipal correspondiente, redactada por los concejales Sarmiento, Botet y Fernández Blanco, los eufóricos ediles anunciaron triunfalmente: “El sencillo monumento que se levanta en el centro de esta plaza ha sido embellecido con cinco estatuas y estucado sólidamente”. Exageraban. El sólido estucado del que se sentían tan orgullosos resultó un fiasco. Tuvieron que retocarlo varias veces porque se caía a pedazos, y apenas un año después se vieron precisados a estucar todo de nuevo. Entonces alguien propuso revestirla de mármol legítimo, pero la idea no prosperó.


La Pirámide en 1860
Así renovada y adornada, la Pirámide de Mayo volvió a ser testigo de un hecho histórico, cuando a sus pies las autoridades de la Provincia de Buenos Aires, encabezadas por Bartolomé Mitre, juraron la Constitución Nacional, el 21 de octubre de 1860.



Continuará mañana

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