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miércoles, 25 de marzo de 2015

Escudo de Encarnación (Paraguay)

Hoy es la fiesta de la Anunciación del Señor.  Al aceptar con su "fiat" el anuncio del ángel Gabriel, la Virgen María permitió que el Hijo de Dios se hiciera carne en ella y viniera a habitar entre nosotros. Por eso hoy es también el día de la Encarnación del Verbo.

Ese es el primer motivo por el cual dedicaremos la entrada de hoy al escudo de la ciudad paraguaya de Encarnación.  Hay un segundo motivo: esa ciudad cumple hoy 400 años, ya que fue fundada el 25 de marzo de 1615 por San Roque González de Santa Cruz.

En lo que sigue, tomamos información del Portal Guaraní, la que transcribiremos en cursiva y entre comillas cuando se trate de citas textuales.  A lo largo de la entrada veremos distintas versiones del escudo de Encarnación.

El escudo de la ciudad fue "creado, dibujado y descripto por Juan Aníbal Romero Ramos",   y fue adoptado como escudo de la Municipalidad de Encarnación (cabecera del departamento de Itapúa) por Orde­nanza N° 26 del 22 de abril de 1960. "Una acertada réplica del Escudo, fundido en bronce en los Talleres de Fundición de Juan E. Venzano, adorna el pórtico de la Catedral de Encarnación. El relieve en yeso que sirviera de matriz es obra del escultor compatriota Francisco Javier Báez Rolón. Otra réplica se deja ver en relieve de cemento sobre un blanco y amplio mural que integra la parte decorativa de la Terminal de Ómnibus de la ciudad capital de Itapúa".

Aunque no era nativo de Encarnación, Juan Aníbal Romero Ramos afirma de esa ciudad: "la adopté como Madre y hasta, en un momento de sensaciones raras, como Novia esquiva y distante a mis balbuceantes requiebros juveniles". 

Y relata de este modo el proceso que llevó a la creación del escudo, que él mismo describe y explica:

«Ya entonces se incubó en mí la idea fija, seguidora y que­mante, de rendirle el modesto homenaje del hijo agrade­cido (...) Y la idea fue madurando apresuradamente (...). Se hizo cuerpo de dos hijos míos  (...). Dos raíces profundas me ataban definitivamente a ese gran jirón de fecunda tierra paraguaya. La ubiqué en el tiempo, con sus montes y sus selvas, como comarca del indómito, noble y moreno Señor de ríos y barrancos.  La volví a ver como reducción, como "posta" y como "pueblo viajero", y luego como ciudad plácidamente adormecida en las riberas rojiverdes del rumoroso río. De cada una de estas estampas fui extrayendo símbo­los que pudieran expresar con elocuencia su mítico y heroico ayer, su presente de grandezas y esperanzas, su futuro impaciente por entregarle trabajo, paz y sosiego para todos sus hijos. 



Con esos símbolos, la idea de darle un escudo de armas a la ciudad de Encarna­ción, ya era un hecho. Luego del primer diseño, surgie­ron otros más, casi una veintena, hasta llegar al que creí era realmente el definitivo. Hoy, Encarnación, "La Matrona del Sur", luce sobre su pecho ese Escudo de Armas con símbolos de Paz. Así se hicieron realidad los sueños de un hijo adoptivo a quien le inquietaba la idea de testimoniar su gratitud. La gran deuda comenzó a ser amortizada. Por esos dos retoños, de entonces, que orgullosamente llevan su sangre, le di al escudo el valor de una modesta cuota... 

En su atalaya de la Villa Alta, sobre la cal que habla de pureza y sobre el duro bronce que eterniza sentimientos, se deja ver aquel escudo con sus siete símbolos que aquí, de nuevo, me permito des­cribirlos: las piedras que le dan forma al escudo, ubica­das con simetría, significan: el origen del nombre "ltapúa" (ltá = piedra, roca; pu'ã = levantada, levantar­se, ponerse en pie o "piedra sonora", en la acepción tam­bién probable, o corazón de piedra, en las que concuer­dan los siguientes autores: Guasch, Anselmo Jover Peralta y Ortiz Mayans). Es la presencia de su vigoroso pasado, sillares rectangulares, perfectos empalmados a cal y canto. En su parte inferior, las líneas laterales se unen en una saliente puntiaguda señalando el Sur de la Rosa de los Vientos.

En la parte superior, dos pilares con sencillos capi­teles hacen de pétreos mástiles a derecha e izquierda de un arco, cuya perfecta construcción mucho nos dice de la sensibilidad artística de aquellos antepasados nuestros aquietados por la fe en las reducciones del sur.

Un sólido y compacto fondo de piedra, como base. Por­que la piedra fue el elemento vital del cual se sirvieron los clérigos y capitanes venidos de Castilla para elevar con ella, hacia la cumbre selvática, la majestad de una oración de fe y esperanza. Acervo espiritual de todo un pueblo impregnado en las solemnes ruinas de Jesús, Trinidad y Santos Cosme y Damián, con la dulce carga de un sueño civilizador y la otra, dura y pesada, que el indio lo ayudó a enclavar sobre el Paraná, el 25 de marzo de 1615 (o 1614), cuando el padre-santo Roque González de Santacruz fundara la reducción sobre un cúmulo de piedras, con el primigenio nombre de "Nuestra Señora de Encarnación de Itapúa".




Visto de frente, a izquierda del escudo, en ángulo su­perior lateral, se eleva un imponente lapacho en flor, cargado de amarillos pétalos y de un verdor de suave tonalidad. Es la madera de mayor valor que abunda en la zona y es fuente de imponderables recursos. Al pie del enhiesto lapacho y ya por obra del hombre, del hacha y del machete, se superponen con sus duras cortezas y sus vetas, aún plenas de ricas savias, tres troncos; el cedro, el peterevy y el guaika, como una ofrenda del hom­bre y de la selva en bien y favor del progreso y de la civilización. Es el prodigio de natura que, en esta parte de la tierra nuestra, se desborda en toda su plenitud. Es el santo sudor del hombre, su grito de redención y su profundo amor al trabajo.

Arriba y a la derecha del observador, ángulo late­ral, aparece un gajo de yerba mate, es el té de los jesuitas, también conocido como el té de las Misio­nes, el "Ilex Paraguaiensis", cuyas plantaciones na­turales datan de cientos de años, desde los alrededo­res de Encarnación hasta el límite noreste del Alto Paraná. El gajo foliado lleva cinco hojas que se abren, como un ramillete hacia arriba. Son los dedos de una mano abierta por la amistad, y como sostenidos deli­cada y suavemente por las verdes hojas, aparecen un mate y una típica bombilla de plata, ahí están la proverbial hospitalidad y la cordialidad espontánea de los hijos de Itapúa.

En la parte inferior del lateral izquierdo se destaca un indio, visto de medio busto, de frente, luce vincha y plu­ma de cacicazgo. Es el primitivo que presidiera la mar­cha de todo un pueblo, el que con sus dedos de guerrero y de artista prendió en su flecha y en el rústico cincel la luz que trajeran en andas los intrépidos hombres de la Conquista, el que con sus músculos levantara piedra sobre piedra, columnas y paredones, aceptando el desa­fío de un tiempo nuevo.




En el ángulo inferior del lateral derecho; el mártir­ fundador, en medio busto y de frente, es el padre-santo Roque González de Santacruz, con aureola de segundo plano. Es el que apuntaló, con capítulos heroicos, el pilar hasta hoy aún enhiesto de su cultura, el que abrió en las penumbras selváticas un amplio y profundo sur­co para desparramar sobre él las semillas de un men­saje divino.

En su rostro están presentes la valentía, la ternura y la resignación. Es el rostro de un auténtico misionero, de un varón en cuerpo y alma, es el que con la verdad y una cruz como únicas armas logró entrar en los domi­nios del Cacique "Ita-pya" para fundar otro reducto de la fe; la reducción "Nuestra Señora de la Encarnación de Itapúa".




La cruz: sobre el escudo, como surgiendo de entre las piedras de un paredón, aparece una rústica cruz de abier­tos brazos, símbolo de la fe cristiana, formada por made­ros desnudos. Ayer, un instrumento de tortura para los romanos, hoy, una imagen de Redención y de Amor. Este símbolo divide al escudo en cuatro sectores simétrica­mente logrados para dar ubicaciones justas y precisas a los cuatro descriptos.

La campana: sobre la cruz y en primer plano se ob­serva una campana de bronce con el badajo quieto. Es aquella cuyas notas quedaron truncas al expirar el santo varón Roque González de Santacruz en las manos cri­minales del esclavo Maragua, quien, alevosamente y cumpliendo una orden de Ñesu, atestara un certero y mortífero golpe sobre la aureolada cabeza del misione­ro mártir. La que con sus sones perforó los aires, las serranías y los espesos bosques convocando a los in­dios para enseñarles a escribir la página más vibrante de nuestra historia.

Bandera de Encarnación
La inclinación de la campana hacia la izquierda ubica el lugar del corazón. El padre Boroa, luego de la muerte del fundador de Encarnación, halló entre las cenizas, el corazón intacto atravesado por una flecha. El corazón fue llevado a Roma en el año 1633, luego custodiado y venerado en la Iglesia de El Salvador, de Buenos Aires (República Argentina). Felizmente ahora ya está con no­sotros y en peregrinación constante por todos los largores de este lugar americano.

Este séptimo y último símbolo ocupa un primer plano. Es el trino y canto que se llamó a silencio en aquel Caaró maldito y asesino. Pero también el bronce que por siempre repicará a lo largo y ancho de esta bendita tierra paraguaya, para llamar a todos los hombres de bien y oficiar con ellos la "Misa Grande". La misa esperada en este templo donde sólo se recibe la eucaristía santa del trabajo que purifica.

Esta es mi ofrenda. Para ti, Encarnación.

¡Un Escudo de Armas con símbolos de Paz!».

El escudo deja bastante que desear en términos heráldicos, la verdad sea dicha, pero la apasionada descripción  del escudo, de su simbolismo y de su historia, no carece de interés. 

Vaya esta entrada como homenaje a la ciudad de Encarnación, vecina y hermana de Posadas, en su cuarto centenario,; a su fundador, San Roque González, y al misterio que celebramos hoy.

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