Hoy se cumplen 143 años de la muerte de Fray Mamerto Esquiú, de cuyo nacimiento se cumplirán 200 años en el mes de mayo. Elegimos este día para referirnos al escudo del departamento catamarqueño que lleva su nombre, en el que nació el beato.
El departamento Fray Mamerto Esquiú es uno de los dieciséis en que se divide la provinca de Catamarca. El departamento está constituido por un único municipio homónimo.
La convención constituyente, reunida en el año 2004, solicitó la elaboración de un escudo que identifica al departamento. El arquitecto Miguel Ángel Gómez da un esbozo de los elementos que debía llevar este símbolo; este resumen se lo distribuye a varias personas. No se llamó a concurso sino que se buscó la colaboración de los vecinos. Podía ser que uno o varios de ellos elaboraran un diseño o se podía formar el escudo tomando elementos de varios diseños.
Un vecino de San Antonio, Manuel Ángel Acevedo, presentó su diseño con su respectiva fundamentación. El suyo fue el elegido por convención Constituyente.
El departamento Fray M. Esquiú posee una rica historia que se manifiesta en la elección de los componentes del escudo: el entorno montañoso; su fértil tierra, que se brindó generosa al trabajo de sus habitantes indígenas e hispánicos; la piedra fue cimiento de las obras del hombre como las terrazas de cultivos utilizadas por los primeros habitantes; las paredes que albergaron a generaciones de familias en los antiguos y tradicionales edificios; esas mismas piedras que unas sobre otras contienen el inmenso espejo de agua, que da vida y trabajo a todo el valle de Catamarca.
No podían estar ausentes sus torres y campanas que repican en la historia y el presente acompañando con su presencia el esfuerzo del trabajo y aportando fuerza espiritual a un pueblo.
Un cacharro de barro fruto del trabajo artesanal de los primeros habitantes, arte y oficio, belleza utilitaria que transmitieron y nos legaron para que recordemos, no solo su habilidad, si no que de allí bebieron y que fueron hombres y mujeres que vivieron, rieron y lloraron.
El símbolo central refleja la permanencia y el pasado esplendor, elemento encontrado en la arcada principal del más antiguo edificio institucional del departamento, El Polvorín del Camino Real, por donde pasó la historia. Los hombres que la hicieron se detuvieron y posaron sus ojos, como lo hicieron los visitantes y los hijos más ilustres, en este símbolo que preside el escudo.
El corazón de Esquiú, como un sol ilumina y da calor. Este ilustrísimo hombre, hijo de esta tierra, nos legó una vida de ejemplos y virtudes. El centro es dominado por una composición que contiene el cordón franciscano, como el eterno vigilante del entorno natural dispuesto a poner hoy como siempre sus brazos al cielo para protegernos y para que nunca olvidemos de respetar a nuestra tierra.
La pertenencia a un lugar, a nuestra Patria Argentina, está definida por los colores de la enseña nacional, incorporando el amarillo papal, símbolo de la profunda fe cristiana de nuestros habitantes.
No escapará al criterio del lector el despropósito heráldico de este escudo. La localidad natal del Orador de la Constitución se merecía un emblema más digno que esta fea yuxtaposición de cosas.

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