Buscar en este blog

sábado, 27 de mayo de 2017

Los "tres períodos" de la Heráldica nacional argentina

El 2 de abril hicimos referencia al libro "Qué es la Heráldica", de Jorge de Zarazaga-Berenguer. En menos de  100 páginas, el autor hace un somero recorrido por los fundamentos,  principios, reglas y características generales de nuestra disciplina y de los escudos en general. 
En uno de los capítulos,  llamado precisamente "Heráldicas nacionales", se explica cómo la elección y el diseño de símbolos para los escudos "cobra en las heráldicas nacionales especiales características". En ese capítulo aparece una interesante y polémica referencia a la Heráldica oficial de la Argentina y a los "tres períodos" que menciona el título de esta entrada. 
Transcribimos a continuación el fragmento en que el autor se refiere a esos "tres períodos" de la Heráldica argentina, pero ¡atención!: el capítulo no tenía ilustraciones; nosotros hemos añadido imágenes de escudos que, a nuestro entender, expresan lo que el autor está queriendo decir en cada caso. 
Sólo cuando  habla del tercer período Zarazaga-Berenguer  hace una expresa referencia a escudos provinciales concretos, y son esos tres escudos los que hemos agregado para ilustrar ese tramo del texto. 



«[...]

De cualquier ángulo que se mire, los pueblos europeos tienen una heráldica excelente, respetuosa de las normas de la ciencia y de las del buen gusto, rica, cuidada y vigorosa, personal y significativa. En suma, una ciencia-arte que contribuye a acentuar la dignidad de los países con la excelencia de sus concepciones y la maestría de sus realizaciones. 

En cambio en nuestra heráldica nacional pueden distinguirse tres períodos, lamentablemente ninguno bueno, pero el último francamente desolador. 

El primero es el de las provincias antiguas, fundadoras de la nación. Algunas de ellas recibieron sus escudos de sus fundadores. En tal época, siglo XVI, aunque los conquistadores y fundadores no fueran eruditos ni peritos en heráldica, sí conocían la materia por serles habitual y cotidiana. Estaban acostumbrados a ver en casas y palacios, torres, enterramientos y capillas excelentes escudos que hacía tuvieran el ojo hecho a la noción de proporciones, piezas usadas y equilibrio de masas. Y aunque entonces se hubiera ya iniciado una decadencia heráldica, era la decadencia de algo muy sólido que apenas empezaba a flaquear. Tales escudos, compuestos no por especialistas sino por hidalgos conocedores en general del asunto, pudieron ser pobres y escuetos, susceptibles de ser mejorados y enriquecidos, pero no malos desde un punto de vista estrictamente heráldico. 



El segundo período es el de principios del siglo pasado, cuando se declara la independencia y la mayoría de las provincias adecuan sus escudos sobre las bases del nacional. Hay en ello una evidente falta de originalidad. En ningún país los escudos de las provincias se basan sobre el nacional, ni tienen por qué hacerlo. Pero éste sería el mal menor, es una época de total ignorancia de todo lo que pueda parecerse a tal materia. Algo tan fundamental como un símbolo que llevará la representación del país, no sólo dentro de sus límites, sino también al exterior, es tratado con enorme ligereza desconociéndose las reglas y leyes elementales de la heráldica, y obteniendo como resultado escudos empastados y burdos. 



Tampoco se cuida su forma externa, con lo que en vez de tener la de escudos viriles, adoptan formas aptas para señoras, o municipios, quitándoles el debido rango. 

Se presenta también un fenómeno típico de nuestro país, que es la estratificación de la heráldica. Por desconocimiento de la materia se cae en una rigidez que priva a los escudos de la flexibilidad necesaria para ser utilizados de una manera adecuada cuando lo exigen las circunstancias. Mientras que es usual en Europa cambiar la forma de los escudos cuando así lo aconsejan las necesidades de la arquitectura, la orfebrería y la decoración en general. 

A ello se agrega que se inventan piezas y colores inexistentes, teniéndose en cuenta más las tendencias en boga en el momento que los rasgos inalterables de la nación. 

En el escudo nacional es de lamentar que la pieza de mayor dignidad heráldica y simbólica como es el sol no vaya pleno y en el lugar de honor. En cambio se inserta incorrectamente en ese sitio el gorro frigio, ya que en caso de querer ponerse esta pieza carente de categoría debió ser como timbre. Es, por otra parte, un elemento usado por un pueblo asiático de la antigüedad y, por lo tanto, ajeno a nuestras tradiciones de raigambre hispánica. 


Puede agregarse que dentro del simbolismo es un símbolo erótico del que Juan Eduardo Cirlot dice:  “...Por ello el troyano Paris —tipo puro del hombre venusino, cuyo destino en suerte y desgracia es enteramente determinado por el eros— se representa con el gorro frigio...” 


"Los amores de Paris y Helena", de Jacques-Louis David
El tercer período ni siquiera es heráldico. Se inicia al otorgarse escudos a las antiguas gobernaciones cuando son convertidas en provincias. El panorama no puede ser más desolador; ya no solamente se violan las leyes heráldicas, sino las del más elemental buen gusto. La ignorancia de lo que debe ser un símbolo es total, desconociéndose también la historia y la tradición de las provincias representadas, lo mismo que los elementos constitutivos de la tierra.

Los escudos compuestos en esta época oscilan entre ser un catálogo con los productos de la provincia y adoptar las formas más feas y caprichosas que puede sugerir una fantasía desmedida. 

Los casos más extremos de este período lo representan los escudos de Chubut, Neuquén y Formosa. 


Formosa, Chubut, Neuquén
Tales escudos, lejos de representar las provincias a las que les han sido impuestos, las agravian en su dignidad. 

La observación de estos símbolos puede hacer que se llegue a una equivocada conclusión sobre la naturaleza e índole del país y la esencia de la nacionalidad, ya que lo verdaderamente argentino se ve ensombrecido por lo inadecuado de su representación.


"Collage" de cuatro escudos municipales:
Lomas de Zamora (Buenos Aires) - Plottier (Neuquén) - AviaTerai (Chaco) - Gobernador Costa (Chubut)
La heráldica es una materia que, sedimentada por el uso inmemorial y la legislación a través de los siglos, tiene un contenido hondamente espiritual, y, por lo tanto, de un valor trascendente que escapa a lo meramente físico. 

No obstante en nuestro país a menudo se le ha desconocido tal calidad componiéndose escudos que representan una provincia de la nación con groseros elementos materiales, como pueden ser los productos de su economía, que desvirtúan la esencia del símbolo. 

Pero no solamente el panorama heráldico civil presenta tal aspecto, sino que los escudos de la jerarquía eclesiástica, salvo escasas excepciones, adolecen de graves defectos.



Algunas observaciones sobre las características espirituales de esta ciencia respaldarán este juicio. 

En las monarquías, que es donde el poder civil, al ser consagrado, adquiere su mayor perfectibilidad en el plano de las  relaciones humanas con la divinidad, es donde los símbolos heráldicos de cualquier país y época adquieren un mayor una mayor dignidad y gravedad, y donde la majestad de la nación se muestra más patente. Esto es tan notorio que surgirá de la simple observación. Las repúblicas no alcanzan en sus símbolos tal excelsitud, mas aún conservan una dignidad quizá despojada de grandeza, pero que mantiene todavía sus caracteres espirituales. 



En cambio, en las naciones que se hallan bajo sistemas comunistas de gobierno, al carecer en absoluto de jerarquía espiritual, al haberse deshumanizado materializándose, al hacer tabla rasa de todo principio de respeto a la dignidad y libertad de las criaturas, los símbolos se cargan de este materialismo y son feos y pesados; más aún, son repelentes a la sensibilidad del espectador. 

El símbolo abstracto es más apto ya que representa el todo y no una parte de la nación, y se identifica con ella. Por su carácter arquetípico es un producto del espíritu que, como tal, goza de cierta gravedad, de cierta majestuosidad, y grandes y pequeños, poderosos y débiles se encuentran cubiertos por su grandeza, que es la de la nación que representa. 

Un símbolo abstracto siempre cubrirá y representará el todo y podrá proyectarse, así cambien los regímenes, a través de  las épocas, ya que lleva la perdurabilidad intrínsecamente en sus características substanciales».

Hemos de decir, para terminar, que coincidimos, en lo sustancial, con el autor del libro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario