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miércoles, 25 de marzo de 2026

Escudo de monseñor Filippo Strofaldi

Seguimos en Mar del Plata. En septiembre visitamos la iglesia de la Sagrada Familia y San Luis Orione, especialmente vinculada con la numerosa colectividad italiana instalada en esa ciudad.

Ese templo fue visitado en 2000 por el Obispo de Ischia (Italia), como lo reseña esta placa:


Nacido en 1940, Filippo Strofaldi fue ordenado sacerdote en 1964. En 1997 fue designado Obispo de Ischia. Recibió la consagración episcopal a comienzos de 1998 de manos de San Juan Pablo II, siendo el argentino Jorge Mejía uno de los coconsagrantes. Strofaldi ejerció el cargo hasta su renuncia en 2012.  Apenas un año después, en agosto de 2013, falleció poco después de cumplir 73 años. 

Monseñor Strofaldi, como reza la texto, peregrinó hasta Mar del Plata durante el Jubileo del 2000 para visitar a los inmigrantes ischitanos llegados hasta nuestro país. La placa aparece encabezada por el escudo del Obispo de Ischia:


El escudo episcopal es de azur y tiene una imagen de Jesús con los brazos levantados,  de oro,  sobre la cual desciende una Paloma de lo mismo de la que brotan siete rayos de oro.


La cruz episcopal, curiosamente, es potenzada. El galero es el propio de la dignidad episcopal.  Esta es la versión que publica Wikipedia:




Finalmente, el lema es «Confitebor tibi Domine»«Te confesaré, ¡oh Señor!»,   que puede corresponder, por ejemplo, al comienzo del salmo 137. Veamos el comentario de San Agustín en las Enarraciones:

 Te confesaré, ¡oh Señor!, con todo mi corazón. Suele indicarnos el título qué se contiene dentro del salmo. Aquí, como el título no indica esto, sino únicamente a quién se canta, el primer versillo declara lo que se hace en todo el salmo, diciendo: Te confesaré, ¡oh Señor!, con todo mi corazón. Oigamos esta confesión. Os recuerdo ante todo que la confesión en la Escritura, cuando se confiesa a Dios, suele ser de dos modos distintos: o de pecados o de alabanzas. La confesión de pecados nadie la ignora, pero la de alabanzas la advierten pocos. Tan conocida es la confesión de los pecados, que, cuando se oye en cualquier lugar de la Escritura: confitebor tibi Domine; aut confitebimur tibi, te confesaré, Señor, o te confesaremos; inmediatamente, por la costumbre de entender así, corren las manos a golpear el pecho; y hasta tal punto acontece esto, que únicamente suelen entender los hombres por confesión la de los pecados. Pero ¿acaso fue pecador nuestro Señor Jesucristo, el cual dice en el Evangelio: Te confieso, ¡oh Padre!, Señor del cielo y de la tierra? Y, prosiguiendo, declara qué cosa le confiesa para que entendiésemos que se trataba de confesión de alabanza, no de pecados: Te confieso, ¡oh Padre!, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos (Mt 11, 25). (...). También aquí hemos de oír esta confesión de alabanza y de congratulación a Dios. Te confesaré (te alabaré), ¡oh Señor!, con todo mi corazón. Coloco todo mi corazón sobre el ara de tu confesión; te ofrezco un holocausto de alabanza. Se llama holocausto el sacrificio que se quema por completo. En griego se dice olon, y en latín lotum. Ve cómo ofrece el holocausto espiritual el que dice: Te alabaré, ¡oh Señor!, con todo mi corazón. Abrásese, dice, todo mi corazón con la llama de tu amor; nada me reserve para mí, ni aquello por lo que a mí mismo toca; me quemaré todo para ti, todo arderé para ti; te amaré con todo mi corazón, como inflamado por ti. Te confesaré o alabaré, ¡oh Señor!, con todo mi corazón, porque oíste las palabras de mi boca. ¿De qué boca mía? De la de mi corazón, pues allí poseemos la voz que Dios oye, y que de ningún modo percibe el oído humano. (...). Existe una boca interior; allí rogamos y por ella rogamos; y, si preparamos hospedería o casa al Señor, allí hablamos y allí somos oídos, pues no está situado lejos de cada uno de nosotros Aquel en quien vivimos, nos movemos, y somos (Hech 16, 27-28). Únicamente te aleja de Dios la iniquidad. Echa por tierra la interpuesta pared del pecado, y estarás con Aquel a quien pides. Oíste —dice— las palabras de mi boca; te alabaré.


En el escudo vemos descender al Espíritu Santo. Por ello publicamos esta entrada en la Solemnidad de la Anunciación.

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